Ejercicio: Ovoterrorismo

En este ejercicio teníamos que escribir unas 700 palabras sobre un personaje que llega a un puerto espacial desconocido y tiene allí una tarea. Había que narrar la llegada de forma que se pudiera imaginar sin problemas y practicando lo que habíamos aprendido sobre continuidad. ¡Espero que os guste!


Mayburn se preparó para bajar del tren con más antelación de la necesaria. Sin embargo, nadie en el resto del coche pareció darle importancia. No sabía qué le ponía más nervioso, si la tecnología de levitación magnética del tren o su tarea al llegar al puerto espacial. Se ajustó la mochila no menos de seis veces, liberando cada vez sus hombros del peso con el que cargaba.

Se bajó del tren en cuanto este se detuvo y, ya con los pies en suelo firme, respiró con tranquilidad. Más calmado, miró los carteles y se encaminó hacia las Llegadas. No tardó en entrar en una estancia mucho más grande de lo que había esperado. Se encontraba en el vestíbulo principal, desde allí se llegaba a todas partes; estaba plagado de pantallas de información, puertas y escaleras. Además, era diáfano, por lo que había unos buenos veinticinco metros hasta el techo acristalado que dejaba ver la eterna noche estrellada del espacio. Si se hubiera preocupado más en estudiar un poco el terreno previamente, sabría que aquel puerto tenía capacidad para albergar a cien naves a la vez. También es cierto que, siendo el primero que visitaba, era normal su reacción.

Antes de pasar por la seguridad se fue al baño y se encerró en uno de los WC. Sacó el minibot de diazepam, se subió la manga de la camisa, colocó el antebrazo en horizontal y dejó el minibot encima. Apartó la mirada mientras lo veía cobrar vida, culebrear hasta dar con la vena e introducirse abriendo un agujero minúsculo que cerraba tras de sí cauterizando la herida. Salió del baño mientras se bajaba la manga de la camisa; para cuando llegó a la cola del control de seguridad ya estaba haciendo efecto. Mostró su tarjeta de embarque virtual, su pasaporte electrónico y dejó la mochila sobre la cinta que la haría pasar por la máquina de escáner. A pesar de no estar nada nervioso, no pudo evitar quedarse mirando fijamente al operario del escáner en busca de alguna señal de que el DFV no había funcionado. Sin embargo, el macuto pasó sin levantar sospechas y lo pudo recoger al otro extremo de la cinta. Después de todo el Doble Fondo Virtual sí funcionaba; aquello iba a revolucionar el gremio del terrorismo. Cogió el móvil, abrió el archivo en que le habían dibujado el mapa del puerto y se dirigió a la sala de control.

Recorrió los pasillos con un cuidado innecesario, pues no se cruzó con nadie. El mapa incluía el código de acceso a la sala, así que solo tuvo que teclear los seis dígitos para entrar. Sacó la pistola de la mochila, la configuró para hacer suficiente daño como para incapacitar, pero no tanto como para atravesar algún muro o ventana y cruzó el umbral deprisa. El guardia de seguridad que se había girado hacia la puerta para ver quién entraba, no estaba listo; dos certeros disparos, uno en el pecho y otro en el abdomen, le neutralizaron en el acto. Mayburn extrajo un artefacto explosivo con forma ovoide y lo colocó en el suelo frente al escritorio del vigilante. Tocó un lateral del huevo y un pequeño panel se hizo a un lado revelando una pantalla. Tecleó algo y el objeto entero se iluminó con un blanco lechoso teñido de azul. Se sentó tras el escritorio y pulsó el botón que activaba la megafonía.

Dio un discurso sobre la decadencia de la civilización y cómo la tan avanzada carrera espacial no había hecho realmente nada por mejorar la situación. Se declaró terrorista independiente, no afiliado a ningún grupo conocido, sino actuando por cuenta propia. Les deseó una muerte rápida e indolora y, entonces, se desplazó hasta el huevo y tocó algo en la pantalla. El color del explosivo cambió a un amarillo muy pálido; el panel que se había desplazado para mostrar la pantalla volvió a su sitio. Mayburn disfrutó con el desfile de colores, desde el amarillo pálido al rojo intenso a medida que la cuenta atrás llegaba a su fin, intentando ignorar los golpes y otros intentos por acceder a la sala de control, hasta que finalmente el aparato no explotó. Al terminar la cuenta atrás la parte superior del artefacto se abrió dejando a la vista un proyector holográfico. El holograma mostraba a una muchacha que, después de dar las gracias por comprar la versión de prueba del Huevo del Apocalipsis, listó los precios para las versiones más caras con distintas potencias de detonación.

Ejercicio: Deleznables

El ejercicio consistía en crear un personaje principal deleznable con el que el lector no pudiera identificarse, y un secundario con el que poder empatizar. Os dejo con el microrrelato, a ver qué os parece.


A las 9 en punto Petrok se sentó frente a su terminal y colocó una taza de poliestireno, llena de un café humeante, en el posavasos junto al escritorio. Tocó un botón en el lateral de su monitor y solo entonces, mientras esperaba a que el sistema operativo cargara, reparó en que su nuevo compañero ya estaba sentado a su lado.

— Pensaba que entrábamos a las siete y media — sentenció Yuma junto a él.

— Así es, joven… becario. Pero tenemos derecho a un café antes de sentarnos a trabajar. Vengo de la cantina.

— Me llamo Yuma, señor, nos presentaron ayer. Me informaron de que hoy sería mi primera jornada y me instaron a estar aquí a las siete y media, hora oficial de entrada, para que no perdiéramos nada de tiempo. Es mucho el conocimiento que me tiene que traspasar antes de…

— Mira, ya ha cargado — dijo Petrok sin dar muestra de haber escuchado al joven. — Ahora tecleamos nuestro nombre de usuario y la contraseña — mientras lo hacía, miraba por encima de las gafas a un post-it que colgaba del monitor, casi despegado — . Entonces el sistema comprueba los datos y te da acceso. ¿Ves? Ahora podemos empezar a trabajar.

— Señor, este post-it con su nombre de usuario y contraseña viola la normativa de seguridad NS-643…

— Cogemos una carpetita de esta bandeja de aquí, la de la etiqueta que dice «Entrada», ¿ves? La abrimos y vemos lo que se nos pide.

Yuma miraba atónito al viejo.

— Por ejemplo, este. A ver… PDP-951687654. Esta es de mis favoritas, ahora verás. Lo primero es introducir este comando en la consola y ahora le decimos al sistema las coordenadas del planeta que aparecen en este apartado de aquí — Petrok señalaba un folio de la carpeta que había cogido. Yuma decidió que sería mejor prestar atención a lo que el viejo funcionario le decía, en vista de que no le hacía ni caso.

El sistema parpadeó unos segundos mientras cargaba y la pantalla cambió para mostrar un esquema, muy básico y en el mismo verde que todo lo demás, del planeta al que hacía referencia la petición. A la izquierda del rudimentario modelo tridimensional se mostraban datos técnicos del planeta, como su volumen, densidad, radio de su órbita alrededor de su estrella. A la derecha, se mostraba información interna con la que trabajaban en el ministerio. Petrok dio un sorbo al café.

— Ey, conozco ese planeta — comentó Yuma, animado. — Estuve ahí de vacaciones hace unos años.

— Bien, ahora, como es una orden PDP, tecleamos este comando en la consola. Como es una orden de destrucción…

— Espera, ¿qué? ¿Vamos a destruir Paraíso? — Los ojos de Yuma amenazaban con salirse de sus órbitas.

— Eso es lo que significa PDP: Procedimiento de Destrucción de Planetas. Ahora, una vez tecleado el comando, el sistema nos pide confirmación…

— ¡Pero no podemos destruir un planeta así como así! ¡Y menos uno tan bonito! ¡Y desde una fría consola, como si no importara!

— ¡Ay, la juventud, cómo sois! Claro que no importa, el universo está lleno de planetas, y estos, de gente que sobra. Y las explosiones de planetas son preciosas, como el cuatro de julio pero a lo grande. Y si alguien ha solicitado destruir este será por un buen motivo. Mira — volvió a señalar la ficha de la solicitud — , aquí consta el solicitante y el motivo. «Solicitante: Sergei Kosikov. Texto de la solicitud: [Traducido automáticamente del ruso] No gusta nada pinta de esta planeta, y año pasado denegaron visado para viaje.». Y aquí está el sello del ministro, validando la solicitud. ¿Ves? Todo en orden.

— Pero ese planeta está lleno de gente. ¡Y de hermosas criaturas! No podemos destruirlo. Además, ¿ese tal Kosikov no es el magnate ruso que compró Marte hace poco para convertirlo en destino vacacional de lujo?

— Eso no nos concierne, eh… becario. Está sellado por el ministro, así que cuando el sistema nos pide confirmación pulsamos la tecla «Y»…

— ¡No! — gritó Yuma al tiempo que se levantaba del asiento como movido por un resorte. — ¡No puede ser!

— … y empiezan los fuegos artificiales.

A toda prisa, con manos temblorosas, Yuma sacó del bolsillo derecho del pantalón el trozo de plástico transparente que era su ordenador personal. Tecleó como un loco en la pantalla hasta abrir en una mitad el canal de noticias de última hora y, en la otra mitad, la red social Tuistah. Los titulares y mensajes de usuarios se deslizaban casi cada segundo para dar paso a otros más recientes. Una lágrima se deslizó por su mejilla cuando empezó a leer confirmaciones de que el planeta Paraíso acababa de ser destruido por el ministerio que le daba trabajo desde aquella misma mañana.

Ejercicio: Fantasía épica (Mundo Caos)

Mundo Caos, creado colaborativamente entre todos los alumnos

Esta semana os traigo el primer ejercicio de mi curso de Literatura Fantasista Avanzada, de la Escuela de Escritores. Este año me lo estoy tomando realmente en serio y tengo intención de compartir lo que escriba cada semana para el curso.

En este caso para el ejercicio teníamos que crear un mapa para un mundo inventado entre todos. Lo que salió es la imagen que podéis ver encabezando la entrada. La profesora, Inés Arias de Reyna, lo bautizó Mundo Caos por motivos obvios. Con ese mapa en mente teníamos que escribir un microrrelato con un personaje que hiciera un viaje, superando obstáculos y pasando por al menos dos localizaciones del mundo, y englobado dentro de la épica fantástica. Os dejo con mi texto. Espero que os guste, me salió un poco pratchettiano.


Hacía semanas que los piratas no veían a la decana Lobarda. Se había recluido en su isla a estudiar unos antiguos manuscritos que había encontrado en la biblioteca de la universidad. Aquella mañana la sintieron antes de verla. Primero fue un estruendoso chapoteo, que a su vez provocó un pequeño tsunami. Lobarda se había lanzado al agua. Minutos más tarde, la giganta llegaba a la costa y salía del agua trabajosamente; no es fácil mover tonelada y media de peso corporal, y el hábito de algodón de Decana de la Universidad Científicopirata no ayudaba.

— He dado con algo gordo, chicos — dijo al grumete Juaco, que se encontraba en la orilla.

Cuando Juaco contaba la historia en el comedor de la cueva pirata, describía con todo detalle la mirada decidida de la giganta.

La siguiente parte de su viaje, atravesar El Campo de Batallaeterna, hubiera podido parecer lo más difícil, pero eso sólo lo pensaría un humano de tamaño medio. Cuando una giganta de cinco metros de altura atraviesa un campo de batalla, los contendientes cesan temporalmente en su empeño de intentar destriparse los unos a los otros y hacen sitio para que pase, inclinándose ligeramente ante ella. Aunque siempre aparece algún valiente, por no decir temerario, como el soldado Kimjon, que piensa que tiene lo que hay que tener para enfrentarse a semejante mujer. Kimjon se lanzó hacia Lobarda, lanza en ristre y profiriendo el grito de batalla más temible que sus pulmones — y temblorosas cuerdas vocales — le permitieron. Sin mirarle siquiera, Lobarda cogió la lanza por el astil, justo a continuación de la afilada punta de acero, y con un enérgico movimiento lanzó al pobre soldado por el aire, volando varios cientos de metros entre alaridos de pánico. La caída puso fin tanto a los gritos de terror como a la vida de Kimjon.

Un par de horas, y varios idiotas, más tarde, Lobarda se encontraba en la escurridiza cima de la boca de El desagüe. Sacó de un bolsillo interior de su hábito un paquete confeccionado con brócoli trenzado y encerado, que lo hacía prácticamente indestructible e impermeable. Lo abrió y extrajo un pergamino garabateado y con ilustraciones. Lo estudió durante un momento y después empezó a explorar el interior de El desagüe. No tardó en encontrar lo que buscaba: unos símbolos cincelados en la roca. Los símbolos estaban muy bien disimulados, apenas discernibles de las grietas y aristas de alrededor; sólo alguien buscando aquellas runas en particular sería capaz de verlas. Bajó con cuidado hasta la enorme roca que hacía de tapón, rodeó la Cadena Sagrada y se acercó todo lo que pudo hasta la runa. Volvió a sacar el paquete de brócoli y cogió de su interior un pequeño cilindro de madera con un par de orificios y, tallada en la cara opuesta a los orificios, la misma runa que había en la pared de piedra. Se acercó el cilindro a los labios, sopló e hizo un rápido y complicado movimiento con los dedos sobre los orificios, tocando una vibrante melodía por unos segundos. Después, se sentó a esperar. Adoptó la postura del loto, cerró los ojos y comenzó a meditar.

A la tercera cabezada, la decana abrió los ojos y se encontró cara a cara con una enorme cabeza de dragón, más o menos igual de alta que ella, pegada a un cuerpo de serpiente.

«Demasiado grande para ser humana» siseó una voz en la mente de Lobarda. «Y, sin embargo, igual de estúpida.»

Lobarda se maldijo por haber decidido esperar sentada. Ahora tenía las piernas dormidas y no podría levantarse elegantemente para hacer una reverencia. Despacio, procurando que la sierpe viera con claridad cada uno de sus movimientos, la giganta sacó de otro bolsillo interior un cabritillo inconsciente y lo ofreció con los brazos extendidos, mientras agachaba la cabeza.

«O, quizá no tanto.»

Un latido después, el animal no estaba allí y la sierpe se relamía.

«Aunque, como ofrenda, se queda muy corto. ¿Tienes más ahí metidos?»

–Me temo que no, gran sierpe. Pero traeré más, si llegamos a un acuerdo.

«¿Acuerdo? ¿Qué clase de acuerdo?»

Lobarda se puso en pie, se acercó a la cadena y puso la mano sobre uno de los eslabones.

–Quiero que me ayudes a retirar el tapón. Necesito ver lo que hay debajo.

«¿Te das cuenta de que me pides que haga justo lo contrario de lo que es mi función? Yo estoy aquí para proteger el tapón y la cadena.»

–Escucha mi oferta, sierpe. Creo que seremos grandes amigas.

Allez-hop


Actualización: Al traerme la entrada a Medium he tenido que cambiar un poco la idea original.

Con esta entrada voy a inaugurar un nuevo tipo de post para el blog. Llevaba un tiempo queriendo publicar, pero sin saber bien qué. Me cuesta sacar tiempo para escribir y, cuando lo hago, suelen ser ejercicios para el curso de Literatura Fantástica; textos que a mí me parecen relativamente buenos, pero que después de recibir las críticas de compañeros y profesores resultan no serlo tanto. Y casi nunca los reescribo, por lo que no me animo a publicarlos aquí al ser relatos que sé que necesitan trabajo. Pero se me ocurrió la siguiente idea: publicarlos después del aluvión de críticas y añadir anotaciones con lo que me digan en clase. Así nos sirve a todos: a mí, porque publico algo, y a vosotros, porque podéis aprender de mis errores.

He añadido subrayados y comentarios:

  • Subrayado: palabras repetidas en poco espacio.
  • Subrayado + comentario: esto indica que he dejado una anotación al respecto, probablemente por algún error cometido.

Y, con esta entrada, doy el pistoletazo de salida a los nuevos Ejercicios:


— Por cierto, ¿cómo se os ocurre llevar un mago a la boda? Que no somos críos, eso ya no se lo traga nadie. ¡La magia no existe!

Era la mañana siguiente a la boda de su hermano y Daniel se disponía a salir al patio de la casa rural. Había pasado allí la noche, invitado por los novios, junto con los padres y la hermana de la novia y unas amigas. Su hermano, que caminaba por delante, rehusó contestarle y atravesó la puerta que daba al patio. Se agachó ligeramente — era bastante alto — para no darse en la cabeza y Daniel — un poco más alto que su hermano — hizo lo mismo. Sólo que no calculó bien — fruto probablemente de haberse confiado al ver que Raúl no tuvo que bajar mucho la cabeza, y no de las copas de la noche anterior — y se golpeó la coronilla en el marco de la puerta.

Inmediatamente cerró los ojos se llevó la mano derecha al lugar donde se había golpeado. Cuando aún veía todo de color rojo alguien dijo junto a él: “Oh, demonios”. Daniel aún estaba reponiéndose del coscorrón, pero no se había dado tan fuerte como para no notar dos cosas muy curiosas de aquella voz: en primer lugar, que no era la de su hermano y, en segundo lugar, que venía de algún lugar a su izquierda y a la altura de su cadera.

Cuando abrió los ojos lo que tenía ante él no era exactamente el patio de la casa rural. Todo era como debería ser, excepto por que no había casa rural y que el cielo, en lugar de los tonos azules de la mañana, se vestía con unos tonos verdosos que no había visto nunca. Ah, y el detalle de que había un conejo blanco de más un metro de altura junto a él, de pie sobre sus patas traseras y tirándose de las largas orejas como si quisiera arrancárselas.

— No deberías estar aquí, ¿qué demonios haces aquí? — inquirió el conejo, visiblemente agitado.

Daniel, aún perplejo, se masajeaba la zona del golpe mientras se preguntaba si no tendría una conmoción.

— Oh, cielos, ¿te has golpeado la cabeza? ¿Con mucha fuerza?

— Más de lo que yo pensaba, parece, aunque no duele tanto.

— Maldita sea, esto ya lo he visto antes. ¿Atravesabas algún tipo de umbral cuando ocurrió?

— Una puerta, sí. ¿Cómo…?

— Oh, qué desgracia. Y en un momento como éste. Has tenido mala suerte, está claro. Bueno, yo me tengo que ir, ya lo siento.

El conejo se giró y se disponía a alejarse cuando la mano izquierda de Daniel le retuvo agarrándole de una de las patas delanteras.

— Espera, espera, ¿qué?

— ¡Suéltame, no tenemos tiempo, mira ese cielo! A esta dimensión no le quedan más de dos minutos, hay que irse. — La mirada de Daniel había pasado de la incredulidad a la exasperación y el conejo pensó que quizá si se lo terminaba de explicar le dejaría libre. —Esta es una estación de paso, los saltadores las creamos para movernos a dimensiones que están demasiado alejadas entre sí. Y ésta ya está desapareciendo, ¿ves?

El conejo había señalado con su patita libre en dirección al horizonte, donde la mirada de Daniel se cruzó con una negrura que avanzaba hacia ellos devorando todo a su paso.

— Es ciertamente infortunado que hayas descubierto justo ahora, y de esa forma tan desagradable, que eres un saltador, pero no puedo hacer nada por ti. No puedo llevarte conmigo, pesas demasiado. Tienes que saltar por ti mismo. Y, desde luego, no hay tiempo para enseñarte. Lo siento, grandullón. ¿Me sueltas para que al menos yo sí pueda salvarme?

— ¿No puedes darme un curso acelerado o algo?

La desesperación en la voz del humano ablandó un poco al conejo, que intentó resumir en unos segundos lo básico de la teoría sobre los saltos interdimensionales. Se le daba bien hablar rápido. Mientras explicaba, se quitó el colgante que llevaba y se lo dio a Daniel.

— ¿Entonces, si hago eso que dices y me golpeo igual de fuerte debería ser capaz de… eh, cómo lo has llamado? ¿Saltar?

— Sí. ¡Buena Suerte!

El conejo se dio media vuelta y dando saltitos a cuatro patas desapareció tras unos arbustos. Daniel se acercó a un árbol y sujetó con ambas manos una rama para tenerla a su alcance. Echó un vistazo a la negrura que se acercaba, para calcular a ojo cuánto tiempo tenía. A continuación, tal como le había explicado el conejo, visualizó en su mente el lugar al que quería saltar — el maldito patio de la casa rural — y concentró todo su ser en aquel sitio. Cuando pensó que ya lo tenía, le lanzó un buen cabezazo a una rama del árbol para volver a darse en el mismo sitio.

— ¿Qué has hecho? — Preguntó la voz familiar de su hermano, sin poder aguantar la risa.

Daniel se masajeaba el lugar del coscorrón y le pareció notar algo húmedo. Se acercó el dedo para mirarlo bien y vio un poco de sangre.

— No he calculado bien al pasar por la puerta.

En su mano izquierda aún apretaba con fuerza el cristal de obsidiana que el conejo le había dado para ayudarle a canalizar la energía del salto.


Además, de lo que ya he marcado en el texto, me hicieron los siguientes comentarios:

  • No queda claro que el conejo le da el colgante de obsidiana para ayudarle a saltar.
  • Al hablar al principio de un mago y aparecer más tarde un conejo, se establece una relación entre ambos que yo no buscaba.
  • No es buena idea utilizar un conejo como el que he metido para este tipo de personaje porque por sus características (el tamaño que tiene, el que sea blanco, el que sea nervioso) lleva a pensar en el conejo de Alicia en el País de las Maravillas. Yo lo hice a modo de guiño porque era un ejercicio de clase, pero entendí que debo tomarme más en serio estos textos y escribirlos como si los fuera a publicar. La profesora sugirió cambiar el conejo por un canguro, lo que no me parece mala idea, dado el tema de los saltos.
  • El simple hecho de hablar de “dimensiones” puede llevar al lector a pensar en ciencia ficción y cargarse la atmósfera de fantasía, que era lo que yo en realidad buscaba. En mi cabeza los saltos tienen un origen totalmente mágico, pero es cierto que esa palabra en concreto puede tener esa connotación de ciencia o tecnología que no era lo que yo pretendía.

Mezclando conceptos

El viernes empecé un nuevo curso en la Escuela de escritores. Algunos recordaréis que el año pasado estuve haciendo el primer curso del Itinerario de novela. El caso es que la teoría me gustó, pero el curso en sí no lo suficiente como para seguir. Sobre todo porque me sentía bastante fuera de lugar. Al terminar el año lectivo en la escuela me dije que al año siguiente, si me veía con ánimos, haría el curso que tenían sobre Literatura fantástica. Ahí estaría más en mi elemento.

La sorpresa fue descubrir que lo que antes era un curso ahora se ha convertido en un Itinerario de literatura fantástica, también de tres años de duración total. Y me gustó mucho la idea. De modo que el viernes lo empecé y tiene muy buena pinta.

Nos mandaron un ejercicio para hacer allí mismo. Cada uno de los alumnos tuvimos que escribir en papelitos nombres de dos seres fantásticos y luego de dos objetos cotidianos. Después, cada uno cogió un papelito de la “urna” (vaso de plástico) de los seres y otro de la de los objetos. La tarea consistía en, si podíamos, fusionar ambos conceptos en un ser único y presentarlo al resto de la clase mediante un breve relato que no tenía por qué ser redondo (es decir, no tenía por qué tener la clásica estructura de introducción-nudo-desenlace). Si los conceptos extraídos al azar eran imposibles de mezclar teníamos que hacer que al menos interactuaran. No había terminado el profesor de explicar el ejercicio cuando yo ya había empezado a escribir: lo tenía muy claro. Os dejo a continuación con el relato tal cual salió en el momento y, después, os digo los dos conceptos que me tocaron.


Ya al comprarlo tuve una sensación extraña. Necesitaba un secador para el pelo y no tenía tiempo para pararme a elegir, así que cogí uno de una marca conocida pero que no fuera muy caro. En el momento me pareció que la caja estaba caliente, pero no le di mayor importancia. Pasé por caja y subí volando a casa para terminar de arreglarme para mi cita. Lo saqué de la caja y, al enchufarlo, juro que oí un murmullo extraño. Me recordó al ronroneo de Dama, mi gata, pero más profundo. Ajusté ligeramente los controles del aparato y presioné el botón. Nada. Parecía muerto. Incluso el ronroneo gutural se había apagado. Sabía que el enchufe funcionaba porque solía poner ahí a cargar el móvil mientras me duchaba, así que tenía que ser otra cosa. Comprobé el cable y la carcasa del cacharro y todo parecía en orden. Miré al interior de la boca del objeto mientras volvía a accionar el botón y vi una pequeña bola de luz que de pronto se convirtió en una enorme llamarada de un fuego amarillo verdoso. Todo ocurrió demasiado rápido y casi no pude reaccionar. Conseguí salvar la cara, pero prendió parte de mi pelo y la cortina de la ducha. Ahora estoy sentada en el suelo del baño con parte de mi preciosa melena chamuscada y no puedo dejar de temblar. Creo que ha emitido un rugido triunfal.


Esto me salió en unos quince minutos que nos dieron para escribir y tiene ciertos fallos, pero creo que quedó bien, ¿no? Probablemente es muy evidente, pero los conceptos que me tocaron fueron dragón y secador de pelo.

¿Qué os ha parecido?

The speech


Versión en español

It all started when my brother asked me to read something on his wedding day.

Come on, don’t be such a square, there’s some people who are going to read, how come my brother isn’t?

And I thought he was right. Because I like to write. But, had I known how it was going to end up, I probably would have taken it more seriously from the beginning.

Two weeks before the wedding I hadn’t written a word when Raúl, my brother, texted me to push me a little; he sure was suspecting something. During the conversation I started to have some ideas; this is something that happens to me often, I usually am more creative when somebody ‘thinks with me’.

One of these ideas, that I finally threw away, was to show up with a good pile of pages and put them on the lectern while I said “Well, I’ll try to be brief”. It’s a good thing I decided not to do that because in the end there was no lectern and it would have been really annoying to carry all those pages around.

One week before the wedding I wrote, in a moment, the first draft of my speech. I used an article from the Internet to help me know what to write, they gave away some good tips about how to write this kind of text. I used some of the advices and I cast aside most of them because I thought they were going to make my speech too complicated. I let my brother read that first version and he agreed with me on the main mistakes. Some days later I rewrote the parts that needed so and I fixed it a little. The day before the wedding I mulled it over and I corrected some small details. I didn’t know if the speech was ready and I thought it wasn’t very good, but I knew if I kept working on it I would never finish, so I parked the tablet in which I was working and I decided to forget about the whole thing until the next day.

On the next morning my brother and I had to drive to the village for a photo shoot in which relatives and friends would “help get the groom dressed”. I ensured the tablet was with me all the time; it was a bit of a mix of “I don’t want to get too far away from the speech” and “I really hope I won’t lose this somewhere”. When we went back to the ranch of the celebration I greeted the guests as they came and we had some lemonade while we waited for the rest of them. I wasn’t nervous yet, dressed in my navy blue, almost black, suit, my green tie, my brown shoes and my Rubik cufflinks. Guests were still coming and we were more and more polarized: my family in the shade, the bride’s family in the sun.

We realized some guests were starting to take positions in the grove where the ceremony would take place and we decided to go there too. We waited until most of the guests had arrived and then the judge started, visibly nervous, to read her speech, during which she got tongue-tied several times. Soon enough she called for the bride’s sister, to go read her speech. Then I started to feel nervous because I thought I was next. Nevertheless, after her it was the turn of a cousin of the bride. And then yes, my moment came. I was called and I approached from the least expected direction for the judge, who started to think I wasn’t present.

I set the microphone to my height, took a look at the guests, then at the groom and bride, and then I unlocked the tablet to start reading my speech. The first thing I did was to throw away the beginning of the text. Partly because I thought it wasn’t going to sound as funny as in my head, but also because I had no lectern as I had expected. In this disposed opening I pretended to start giving a political speech and then I apologized for my mistake. So I improvised, out of pure nervousness, a “Well, how can one follow those amazing speeches” or something like that and I started reading mine.

I kicked off with Bilbo’s mythic phrase from his birthday speech:

I don’t know half of you half as well as I should like, and I like less than half of you half as well as you deserve.

The idea of including this fragment from The Lord of the Rings wasn’t by chance; when I first considered what to write about I imagined myself standing in front of the guests and I thought I wouldn’t know more than half those people. And, of course, this phrase (Bilbo’s) immediately came into my mind. The only error here was that my nervousness prevented me from taking a look at the funny faces that I’m sure the people in the audience made when they heard such a tongue-twister. I don’t remember if they laughed.

I went on with the part where I talked about the groom. Telling some anecdote about when we were little and speaking about how tight we have been almost always. From time to time I would look up and, since my nervousness and shyness wouldn’t let me look at the bulk of the guests, I peeked at the groom and bride, and their parents. And I became aware that my brother was close to tears. Apparently (I didn’t see this), when I spoke about how we played together when we were little, his chin began to quiver. Then came the part about the bride, about how little I’ve known her so far and the relationship that bonds us. This part I guess it was more funny than moving. The speech finished off with an ending in which I talked about toddlers to come and my need to turn them into nerd/geeks. I finished reading my speech, covered the tablet, approached to kiss and hug the groom and bride, and then I got the hell out of the center of attention as fast as I could.

The ceremony went on, they put their rings on, kissed one another and then my brother read his speech. It was tremendously moving because he was fighting not to cry with a lump in his throat that became a knot in our stomachs. Then groom and bride went with the photographers to have their pictures taken all over the ranch while the rest of us started drinking and eating.

The funniest anecdote regarding the speech happened when I went to the DJ to ask for some heavy metal. Well, at least that was my cousin Alvaro’s idea, but it had to be toned down. I guessed if we made him play some Avenged Sevenfold we were going to shatter the party, so I went for something a little more known; maybe that way it would be less of an impact. So my cousin and I approached the DJ, who smiled at me when he saw me getting closer. Surprised, I got to him and he made a gesture to me indicating he wanted me to meet him in his side of the table, and said “You’re the one I was waiting for”. At first I didn’t understand why could he be waiting for me, until I remembered he had been present during my speech. In the ending, when I spoke about nephews, I said that “there was so much heavy metal to play to them”. That’s why it wasn’t much of a surprise when he next asked if I wanted some Iron Maiden. Not a bad idea, but my cousin and I had thought about AC/DC. I asked for Highway to Hell and he suggested Thunderstruck; I told him that any one of those would be good. Song and a half later AC/DC was playing and the party guests froze a bit not knowing how to react.

But through the day several people approached me to tell me they had loved the speech. Reactions could be summed up, mostly, in:

  • You bastard, you almost made me cry
  • You bastard, how I’ve cried

And that filled me with some kind of happiness I hadn’t felt before. Something I wrote in a couple of spare moments, no more than half an hour, had moved deep inside the heart of some people. Even more, I had written it as a funny text, with a nerd reference and lots of puns, and most of them emphasized how moving it had been to the point of making them cry, or almost. That day I realized this is what I have always wanted: to write some words and get moving reactions out of people, be it laughing or crying.

And that’s what we’re here for 😉

El discurso


English version

Todo empezó cuando mi hermano me pidió que escribiera algo para leer el día de su boda.

Venga, no seas rancio, hay gente que va a leer, ¿cómo no va a leer mi hermano?

Y yo pensé que tenía razón. Porque además me gusta escribir. Pero si hubiera sabido cómo iba a salir la cosa, quizá me lo hubiera tomado más en serio desde el principio.

A falta de unas dos semanas no había escrito una palabra cuando Raúl, mi hermano, me mandó un mensaje para meter presión, porque se lo debía estar oliendo. En esa conversación ya se me empezaron a ocurrir varias ideas; esto es algo que me pasa a menudo, suelo ser más creativo cuando alguien “piensa conmigo”.

Una de estas ideas, que al final deseché, era presentarme con un buen taco de folios y colocarlos sobre el atril mientras decía “Bueno, intentaré ser breve”. Menos mal que decidí no hacer esto porque al final no hubo atril y hubiera sido un coñazo tremendo cargar con los folios.

A una semana de la boda escribí en un rato el primer borrador del discurso. Para ayudarme usé un artículo de Internet en el que daban unos cuantos consejos acerca de la escritura de este tipo de textos. Cogí algunos de los consejos y deseché la mayoría porque me parecía que iban a convertir aquello en algo demasiado elaborado. Dejé que mi hermano leyera aquella primera versión y coincidió conmigo en los principales fallos. Unos días después reescribí las partes que lo necesitaban y lo arreglé un poco. El día antes de la boda volví a darle algunas vueltas y corregí algunos pequeños detalles. No sabía si el discurso estaba listo y no me parecía demasiado bueno, pero si seguía trabajando en él no iba a terminar nunca, así que aparqué la tablet en la que estaba trabajando y decidí olvidarme hasta el día siguiente.

En la mañana del día de la boda mi hermano y yo teníamos que desplazarnos para una sesión de fotos en la que los familiares y amigos “ayudaríamos a vestirse” al novio. Me aseguré de que la tablet iba conmigo en todo momento; era un poco una mezcla de “no quiero separarme del discurso” y de “ay, como me la deje en alguna parte”. Al volver a la finca de la celebración saludé a los invitados que ya habían llegado y tomamos limonada mientras esperábamos a que fueran llegando los demás. Yo seguía sin ponerme nervioso, vestido con mi traje azul marino casi negro, mi corbata verde, mis zapatos marrones y mis gemelos de cubos de Rubik. Seguían llegando invitados y cada vez estábamos más polarizados: a la sombra mi familia, la de la novia al sol.

Nos dimos cuenta de que algunos invitados empezaban a tomar posiciones en la arboleda que acogería la ceremonia y decidimos acercarnos. Esperamos hasta que la mayoría de invitados llegó y entonces la jueza de paz se arrancó, visiblemente nerviosa, con un discurso en el que se trabó varias veces. En seguida llamó a la hermana de la novia, para que se acercara a leer su discurso. Ahí empezaron mis nervios porque pensaba que yo iba después. Sin embargo, después de ella leyó una prima de la novia. Y entonces sí, llegó mi momento. Me llamaron y me acerqué por donde menos se lo esperaba la mujer que ya pensaba que yo no había acudido.

Coloqué el micrófono a mi altura, eché un vistazo a los invitados, miré a los novios y desbloqueé la tablet para empezar a leer mi discurso. Lo primero que hice fue descartar el comienzo del texto. En parte porque me parecía que no iba a resultar tan gracioso como en mi cabeza y, por otra, porque no tenía atril como había esperado. En ese inicio desechado fingía ponerme a dar un discurso político y luego pedía disculpas por haberme equivocado. Entonces improvisé, por puros nervios, un “A ver cómo sigo yo después de estos dos pedazo de discursos” o algo así y me puse a leer lo mío.

Arranqué con la mítica frase de Bilbo en su discurso de cumpleaños:

No conozco a la mitad de ustedes ni la mitad de lo que querría, y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que la mitad de ustedes merece.

Bueno, cambiando el los “ustedes” por “vosotros”, que al fin y al cabo estábamos entre familia. La idea de incluir este fragmento de El señor de los anillos no fue casual; cuando empecé a plantearme qué escribir me imaginé de pie ante los invitados y pensé que no conocería a la mitad de aquellas personas. Y, claro, esa frase vino inmediatamente a mi cabeza. El único fallo aquí fue que los nervios me impidieron fijarme en las caras que debió poner la gente al escuchar semejante trabalenguas. No recuerdo si se rieron.

Proseguí con la parte en la que hablaba del novio. Contando alguna anécdota de cuando éramos pequeños y hablando de lo unidos que hemos estado casi siempre. De vez en cuando levantaba la mirada y, ya que los nervios y la timidez me impedían mirar al grueso de los invitados, echaba ojeadas a los novios y padrinos. Y me di cuenta de que mi hermano estaba a punto de llorar. Al parecer -yo no me di cuenta-, cuando hablé de cómo jugábamos de pequeños incluso le empezó a temblar la barbilla. Luego vino la parte de la novia, sobre cuán poco la conozco todavía y la relación que nos une. Esta parte supongo que fue más graciosa que emotiva. El discurso lo cerraba un final en el que hablaba de los churumbeles por venir y mi necesidad de convertirles en frikis. Terminé de leer, le puse la cubierta a la tablet, me acerqué a besar y abrazar a novios y padrinos, y me alejé lo más rápido que pude del centro de atención.

La ceremonia prosiguió, se pusieron los anillos, se besaron y mi hermano leyó su discurso. Le quedó tremendamente emotivo porque luchaba por no romper a llorar con un nudo en la garganta que a nosotros nos puso en el estómago. Entonces los novios se fueron con los fotógrafos a hacerse fotos por la finca mientras los demás íbamos a empezar a beber y comer.

La anécdota más graciosa relacionada con el discurso fue cuando me acerqué al DJ a pedirle algo de heavy. Bueno, al menos esa era la idea de mi primo Álvaro, pero hubo que rebajarlo un poco. Supuse que si poníamos Avenged Sevenfold nos íbamos a cargar la fiesta, así que opté por algo un poco más conocido; quizá así el impacto sería menor. De modo que mi primo y yo nos acercamos al DJ, que se sonrió al verme por allí. Sorprendido, llego hasta él y me hace una seña para que pase al otro lado de su mesa, colocándome a su lado, y me dice “A ti te estaba esperando yo”. En un principio no entendía por qué podía estar esperándome, hasta que caí en que él había estado presente durante mi discurso. En la parte final, cuando hablé de los futuros sobrinos dije que “había mucho heavy metal que ponerles”. Por eso no me sorprendió que a continuación me preguntara si quería que pusiera algo de Iron Maiden. No era mala idea, pero mi primo y yo habíamos pensado mejor en algo de AC/DC. Yo le pedí Highway to Hell y el DJ me propuso un Thunderstruck; le dije que me valía cualquiera de las dos. Canción y media después sonaba AC/DC y los invitados de la fiesta se quedaron un poco sin saber cómo reaccionar.

Pero a lo largo del día bastantes personas se acercaron hasta mí para decirme que les había gustado mucho mi discurso. Las reacciones se podían resumir, mayoritariamente, en:

  • Cabrón, casi me haces llorar
  • Cabrón, cómo me has hecho llorar

Y aquello me llenó de una especie de felicidad que no había saboreado hasta entonces. Algo que había escrito yo en unos cuantos ratos sueltos, no más de media hora, había llegado bastante profundo al corazón de muchas personas. Es más, yo lo había concebido como un texto gracioso, con una referencia friki y montones de chistes y coñas, y la mayoría de la gente recalcaba lo emotivo que les había resultado hasta el punto de hacerles llorar, o casi. Ese día me di cuenta de que esto es lo que siempre he querido: escribir unas palabras y conseguir reacciones emotivas de la gente, ya sean risas o lágrimas.

Y para eso estamos aquí 😉

Cambio de narrador

El jueves pasado la profesora nos propuso un ejercicio a realizar durante la propia clase (en lugar de como ha venido siendo hasta ahora: ella proponía uno o varios ejercicios para la semana siguiente). Nos dio un texto que había extraído de un relato corto de Sam Shepard titulado “Rosa sintético”. Os copio el texto —esperando que no me dé problemas— y luego os explico en qué consistía el ejercicio.

De vez en cuando lo veo. Sentado en la cafetería. Satisfecho. Partiendo el pan. Mirando por la ventana. Removiendo su café ensimismado. No sé en qué piensa, pero no se trata de problemas graves. Su rostro está tranquilo. No tiene preocupaciones. El periódico está pulcramente doblado a su lado; plegado con precisión. Sus gafas reposan sobre el mantel. Todo es plácido a su alrededor. Lo que le rodea está en orden. Come la sopa a la manera europea, ladeando el cuenco y levantando la cuchara en lugar de inclinarse sobre él. Se seca el labio superior meticulosamente con la servilleta de lino y se limpia con delicadeza las migas que le han quedado en la barbilla. Vuelve a colocarse la servilleta sobre los muslos y al tiempo que la extiende la va alisando para que no quede ninguna arruga. Veo los destellos del anillo que lleva en el dedo meñique. Tiene una piedra azul que refleja el sol que entra por la ventana. Fuera revolotea un pájaro; él levanta la vista para seguir su vuelo y después vuelve a mirar su cuenco de sopa vacío. Desplaza el cuenco a un lado con ambas manos y con un movimiento pausado toma el vaso de agua. Bebe sin parar hasta vaciarlo. Veo cómo su nuez sube y baja mientras se traga el agua helada. Cierra los ojos, como si estuviese en éxtasis, soñando con algo muy lejano

[…]

Estuve presente cuando le abrieron la boca y le quitaron la dentadura postiza. La depositaron sobre una mesa de acero inoxidable y le sujetaron una etiqueta amarilla con un alambre. En la etiqueta había unos números escritos en negro. Los números correspondían al día y la hora de su muerte. Colocaron otra etiqueta con los mismos números en el dedo gordo de su pie derecho. Después se llevaron el cadáver. La etiqueta amarilla que colgaba del dedo del pie se movía ligeramente, como una minúscula bandera, hasta que desapareció tras las puertas batientes. Las puertas siguieron batiendo durante un rato y finalmente se detuvieron. Su dentadura seguía sobre la mesa de acero inoxidable. Las encías eran de un rosa sintético y todavía había un trocito de ensalada adherido entre dos muelas. Le di la vuelta a la etiqueta amarilla, en el otro lado había más números negros: su fecha de nacimiento.

La propuesta era coger lo dicho en el primer párrafo y, basándonos en eso, escribir un pasaje en tercera persona, usando un narrador externo omnisciente y desde el punto de vista del viejecillo. Entre las ideas que nos dio la profesora me gustó la de dar una pista acerca de la causa de la muerte. Y esto es lo que escribí:

Ya está ahí otra vez. Le he visto de vez en cuando, observándome en silencio. Yo como tranquilo, tomándome mi tiempo, acompañado por mis manías de siempre. Pliego mi periódico y lo coloco sobre la mesa en la posición, mil veces estudiada, en que menos me va a molestar. Me quito las gafas para no prestar atención a lo que podría ver. Esto me permite concentrarme en los olores y sabores de todo lo que amablemente Jack, mi camarero, me trae a la mesa. Cuando llega el momento del café recupero las gafas para poder echarle un último vistazo a ese caballero alto, moreno y de gestos delicados. Creo que nunca se ha dado cuenta de que sé que me observa. Estoy seguro de que esto se debe a que no todo el mundo le ve y es descuidado en ese aspecto. Me ha parecido que viene más a menudo desde el fatídico diagnóstico, pero también es posible que sea mi imaginación, o que el cáncer me esté dando unos días de mayor lucidez antes de quitármelo todo. Aunque sin duda prefiero la teoría que más le gustaría también a mi querida Betty: que es mi ángel y me vigila esperando el momento en que me tomará de la mano y me llevará junto a ella para no volver a separarnos nunca.

Me gustó bastante, así que trabajaré en él más adelante a ver si puedo mejorarlo un poco. ¿Qué os parece este primer borrador?

Yo, en otra vida, fui gato

Primer cuento que comparto con vosotros. Fue un ejercicio del taller al que asistí en primavera. La premisa era que teníamos que elegir un animal y escribir un cuento en el que nos describiéramos como tal, siendo al principio más animales que humanos e irle dando la vuelta hasta terminar siendo lo contrario. A ver si os gusta y, ¿qué pensáis? ¿Conseguí el objetivo?

Yo, en otra vida, fui gato. Pero no uno de esos adorables mininos que se puede encontrar en cualquier rincón de internet. No; yo fui un gato solitario y arisco. De los que, si te acercas para arrascarle la barriga, te suelta un zarpazo. O que suben por las escaleras con tal de ahorrarse las anodinas “conversaciones de ascensor”. Y no era que por naturaleza yo sintiera esa necesidad de estar solo. Lo que pasa es que hay humanos que son muy aburridos y yo siempre ando buscando esa chispa de originalidad.

Un felino rápido y ágil, imposible de arrinconar, siempre con una ruta de escape, que regatea con las palabras y esquiva las preguntas incómodas.

Recuerdo que era cariñoso, en ocasiones hasta el punto del empalago. Aunque rara vez con quien más lo merecía. Ahora que lo pienso, quizá debiera haber sido más justo en este apartado.

Y sigiloso, por supuesto. Cómo me gusta acercarme a alguien, en completo silencio, colocarme de forma que no me vea y esperar, aguantando la respiración, ese movimiento hacia lo que debería ser aire y que en cambio está ocupado por un gigantón de ojos azules que por poco no te mata del susto.

Combustión espontánea

Inauguro esta sección con un relato corto. Lo de la contraseña es por no hacerlo público del todo, ya que puede que envíe el texto a un concurso. Por cierto, he deshabilitado los comentarios para que no os influyáis entre vosotros 😛 Sin más dilación, te dejo con la historia, espero que te guste:

Actualización: habilito los comentarios y hago la entrada pública. Hace meses que no gané este concurso, ya iba siendo hora 😛

Combustión espontánea

El detective se presentó en la escena del crimen, un modesto apartamento en una concurrida calle de Nueva York, con una idea ya preconcebida de lo que había ocurrido en el salón de la vivienda. “Increíble, Twitch, una combustión espontánea” le había dicho su compañero, Sam, por teléfono, al informarle de lo sucedido. Subió hasta la octava planta del bloque de apartamentos y se encontró con un par de policías de uniforme a los que saludó con un gesto de la cabeza. Sam estaba dentro, excitado como un niño en la víspera de Navidad.

–¡Twitch! ¡Por fin! ¡Fíjate! –gritó su compañero desde el otro lado de la estancia, al tiempo que hacía enormes aspavientos. –Mira ese montoncito de ceniza, ¡es increíble! ¡Como en aquella serie de los noventa! ¿Cómo se llamaba…?

–“Expediente X” –contestó Twitch, sin hacer mucho caso a su compañero. Observaba la escena con detenimiento, intentando no perder detalle alguno. Pero todavía no sabía qué se suponía que estaban investigando. Sólo tenía una cosa clara: no era una combustión espontánea. –¿Qué tenemos aquí? –añadió, dirigiéndose a la forense.

–A pesar de que pueda parecer una locura, su compañero podría tener razón –indicó–. Estos residuos de la moqueta parecen ser restos humanos, aunque no podré estar segura hasta que no lo corrobore el laboratorio.

–Está usted insinuando –empezó Twitch, con cierto tono de sorna–, que de verdad cree que una persona pueda haber ardido espontáneamente… por completo… sin llama…

–¿Sin llama?

–Claro. Si hubiera habido algún tipo de fuego, ¿no cree que habría ardido también la moqueta? Por no hablar del escritorio, la silla, la media docena de cajas…

Mientras la forense se giraba y observaba la ausencia de elementos quemados con el ceño fruncido, el detective se paseó por la habitación. Todo parecía indicar que allí residía una pareja joven, recién mudada.

–Sam, todavía no me has informado de la situación.

–Cierto, perdona. Pero es que… ¡Una combustión espontánea!

–Sam…

–Está bien, está bien –rezongó Sam mientras sacaba su pequeño cuaderno con anotaciones–. El apartamento está alquilado por Joey, treinta y dos, y Anna, treinta y cuatro; fue él quien llamó a emergencias, está abajo con los de la ambulancia, en estado de shock. Según dice, se metió a la ducha mientras ella estaba en el escritorio trabajando con el ordenador. Cuando salió, vio el montón de ceniza en el suelo y se asustó. Buscó a Anna por todas partes, pero no la pudo encontrar. Entonces, nos llamó.

–¿Habéis hablado con los vecinos? ¿Nadie les escuchó discutir o pelear?

–Nadie ha oído nada raro, no.

–Tendré que hablar con Joey.

Twitch bajó por las escaleras, aprovechando para despejar su mente. «“Combustión espontánea”. Será imbécil.»
Salió del edificio y encontró a Joey, vestido únicamente con una toalla, sentado en la ambulancia, llorando en silencio la muerte de Anna.

–Buenos días, Joey. Me llamo Twitch, soy el detective encargado de investigar el suceso. ¿Podrías explicarme lo que ha pasado?

El relato de Joey era exactamente igual que lo que le había dicho Sam. Estaba a punto de hacerle otra pregunta cuando vio la cara de asombro que ponía el joven.

–¿Anna? –preguntó, como si estuviera viendo un fantasma.

–¿Qué ha pasado, cariño?

–Eso nos gustaría saber, señorita –comentó Twitch, al ver que un estupefacto Joey era incapaz de articular palabra.

–¿A qué se refiere? ¿Qué hace aquí la policía?

–Verá, al parecer cuando su marido salió de la ducha, vio un montón de ceniza donde debería estar usted y se asustó al pensar que, ejem, se pudiera usted haber… consumido misteriosamente.

–¿”Combustión espontánea”, Joey ? –por su tono, parecía que ya habían discutido sobre el tema –. ¿Cuántas veces tendré que decirte que esas cosas sólo existen en la ficción? Es mucho más sencillo –continuó, hablándole de nuevo al detective–, verá esta urna contiene las cenizas de mi tía, recientemente fallecida…

–Oh, mierda… –murmuró un avergonzado Joey.

–Como iba diciendo, tenía la urna en el escritorio y le di un golpe sin querer. Se cayó al suelo, se abrió y se derramó un poco del contenido. Y, como nos acabamos de mudar, me di cuenta de que no tenía con qué recogerlo y vengo de la tienda –concluyó, mostrando la escoba y el recogedor que llevaba en la otra mano.

El detective le dio las gracias a la joven y se alejó en dirección a su coche preguntándose cómo se apañaban algunas personas para sobrevivir día tras día…