Ejercicio: Ovoterrorismo

En este ejercicio teníamos que escribir unas 700 palabras sobre un personaje que llega a un puerto espacial desconocido y tiene allí una tarea. Había que narrar la llegada de forma que se pudiera imaginar sin problemas y practicando lo que habíamos aprendido sobre continuidad. ¡Espero que os guste!


Mayburn se preparó para bajar del tren con más antelación de la necesaria. Sin embargo, nadie en el resto del coche pareció darle importancia. No sabía qué le ponía más nervioso, si la tecnología de levitación magnética del tren o su tarea al llegar al puerto espacial. Se ajustó la mochila no menos de seis veces, liberando cada vez sus hombros del peso con el que cargaba.

Se bajó del tren en cuanto este se detuvo y, ya con los pies en suelo firme, respiró con tranquilidad. Más calmado, miró los carteles y se encaminó hacia las Llegadas. No tardó en entrar en una estancia mucho más grande de lo que había esperado. Se encontraba en el vestíbulo principal, desde allí se llegaba a todas partes; estaba plagado de pantallas de información, puertas y escaleras. Además, era diáfano, por lo que había unos buenos veinticinco metros hasta el techo acristalado que dejaba ver la eterna noche estrellada del espacio. Si se hubiera preocupado más en estudiar un poco el terreno previamente, sabría que aquel puerto tenía capacidad para albergar a cien naves a la vez. También es cierto que, siendo el primero que visitaba, era normal su reacción.

Antes de pasar por la seguridad se fue al baño y se encerró en uno de los WC. Sacó el minibot de diazepam, se subió la manga de la camisa, colocó el antebrazo en horizontal y dejó el minibot encima. Apartó la mirada mientras lo veía cobrar vida, culebrear hasta dar con la vena e introducirse abriendo un agujero minúsculo que cerraba tras de sí cauterizando la herida. Salió del baño mientras se bajaba la manga de la camisa; para cuando llegó a la cola del control de seguridad ya estaba haciendo efecto. Mostró su tarjeta de embarque virtual, su pasaporte electrónico y dejó la mochila sobre la cinta que la haría pasar por la máquina de escáner. A pesar de no estar nada nervioso, no pudo evitar quedarse mirando fijamente al operario del escáner en busca de alguna señal de que el DFV no había funcionado. Sin embargo, el macuto pasó sin levantar sospechas y lo pudo recoger al otro extremo de la cinta. Después de todo el Doble Fondo Virtual sí funcionaba; aquello iba a revolucionar el gremio del terrorismo. Cogió el móvil, abrió el archivo en que le habían dibujado el mapa del puerto y se dirigió a la sala de control.

Recorrió los pasillos con un cuidado innecesario, pues no se cruzó con nadie. El mapa incluía el código de acceso a la sala, así que solo tuvo que teclear los seis dígitos para entrar. Sacó la pistola de la mochila, la configuró para hacer suficiente daño como para incapacitar, pero no tanto como para atravesar algún muro o ventana y cruzó el umbral deprisa. El guardia de seguridad que se había girado hacia la puerta para ver quién entraba, no estaba listo; dos certeros disparos, uno en el pecho y otro en el abdomen, le neutralizaron en el acto. Mayburn extrajo un artefacto explosivo con forma ovoide y lo colocó en el suelo frente al escritorio del vigilante. Tocó un lateral del huevo y un pequeño panel se hizo a un lado revelando una pantalla. Tecleó algo y el objeto entero se iluminó con un blanco lechoso teñido de azul. Se sentó tras el escritorio y pulsó el botón que activaba la megafonía.

Dio un discurso sobre la decadencia de la civilización y cómo la tan avanzada carrera espacial no había hecho realmente nada por mejorar la situación. Se declaró terrorista independiente, no afiliado a ningún grupo conocido, sino actuando por cuenta propia. Les deseó una muerte rápida e indolora y, entonces, se desplazó hasta el huevo y tocó algo en la pantalla. El color del explosivo cambió a un amarillo muy pálido; el panel que se había desplazado para mostrar la pantalla volvió a su sitio. Mayburn disfrutó con el desfile de colores, desde el amarillo pálido al rojo intenso a medida que la cuenta atrás llegaba a su fin, intentando ignorar los golpes y otros intentos por acceder a la sala de control, hasta que finalmente el aparato no explotó. Al terminar la cuenta atrás la parte superior del artefacto se abrió dejando a la vista un proyector holográfico. El holograma mostraba a una muchacha que, después de dar las gracias por comprar la versión de prueba del Huevo del Apocalipsis, listó los precios para las versiones más caras con distintas potencias de detonación.

Ejercicio: Deleznables

El ejercicio consistía en crear un personaje principal deleznable con el que el lector no pudiera identificarse, y un secundario con el que poder empatizar. Os dejo con el microrrelato, a ver qué os parece.


A las 9 en punto Petrok se sentó frente a su terminal y colocó una taza de poliestireno, llena de un café humeante, en el posavasos junto al escritorio. Tocó un botón en el lateral de su monitor y solo entonces, mientras esperaba a que el sistema operativo cargara, reparó en que su nuevo compañero ya estaba sentado a su lado.

— Pensaba que entrábamos a las siete y media — sentenció Yuma junto a él.

— Así es, joven… becario. Pero tenemos derecho a un café antes de sentarnos a trabajar. Vengo de la cantina.

— Me llamo Yuma, señor, nos presentaron ayer. Me informaron de que hoy sería mi primera jornada y me instaron a estar aquí a las siete y media, hora oficial de entrada, para que no perdiéramos nada de tiempo. Es mucho el conocimiento que me tiene que traspasar antes de…

— Mira, ya ha cargado — dijo Petrok sin dar muestra de haber escuchado al joven. — Ahora tecleamos nuestro nombre de usuario y la contraseña — mientras lo hacía, miraba por encima de las gafas a un post-it que colgaba del monitor, casi despegado — . Entonces el sistema comprueba los datos y te da acceso. ¿Ves? Ahora podemos empezar a trabajar.

— Señor, este post-it con su nombre de usuario y contraseña viola la normativa de seguridad NS-643…

— Cogemos una carpetita de esta bandeja de aquí, la de la etiqueta que dice «Entrada», ¿ves? La abrimos y vemos lo que se nos pide.

Yuma miraba atónito al viejo.

— Por ejemplo, este. A ver… PDP-951687654. Esta es de mis favoritas, ahora verás. Lo primero es introducir este comando en la consola y ahora le decimos al sistema las coordenadas del planeta que aparecen en este apartado de aquí — Petrok señalaba un folio de la carpeta que había cogido. Yuma decidió que sería mejor prestar atención a lo que el viejo funcionario le decía, en vista de que no le hacía ni caso.

El sistema parpadeó unos segundos mientras cargaba y la pantalla cambió para mostrar un esquema, muy básico y en el mismo verde que todo lo demás, del planeta al que hacía referencia la petición. A la izquierda del rudimentario modelo tridimensional se mostraban datos técnicos del planeta, como su volumen, densidad, radio de su órbita alrededor de su estrella. A la derecha, se mostraba información interna con la que trabajaban en el ministerio. Petrok dio un sorbo al café.

— Ey, conozco ese planeta — comentó Yuma, animado. — Estuve ahí de vacaciones hace unos años.

— Bien, ahora, como es una orden PDP, tecleamos este comando en la consola. Como es una orden de destrucción…

— Espera, ¿qué? ¿Vamos a destruir Paraíso? — Los ojos de Yuma amenazaban con salirse de sus órbitas.

— Eso es lo que significa PDP: Procedimiento de Destrucción de Planetas. Ahora, una vez tecleado el comando, el sistema nos pide confirmación…

— ¡Pero no podemos destruir un planeta así como así! ¡Y menos uno tan bonito! ¡Y desde una fría consola, como si no importara!

— ¡Ay, la juventud, cómo sois! Claro que no importa, el universo está lleno de planetas, y estos, de gente que sobra. Y las explosiones de planetas son preciosas, como el cuatro de julio pero a lo grande. Y si alguien ha solicitado destruir este será por un buen motivo. Mira — volvió a señalar la ficha de la solicitud — , aquí consta el solicitante y el motivo. «Solicitante: Sergei Kosikov. Texto de la solicitud: [Traducido automáticamente del ruso] No gusta nada pinta de esta planeta, y año pasado denegaron visado para viaje.». Y aquí está el sello del ministro, validando la solicitud. ¿Ves? Todo en orden.

— Pero ese planeta está lleno de gente. ¡Y de hermosas criaturas! No podemos destruirlo. Además, ¿ese tal Kosikov no es el magnate ruso que compró Marte hace poco para convertirlo en destino vacacional de lujo?

— Eso no nos concierne, eh… becario. Está sellado por el ministro, así que cuando el sistema nos pide confirmación pulsamos la tecla «Y»…

— ¡No! — gritó Yuma al tiempo que se levantaba del asiento como movido por un resorte. — ¡No puede ser!

— … y empiezan los fuegos artificiales.

A toda prisa, con manos temblorosas, Yuma sacó del bolsillo derecho del pantalón el trozo de plástico transparente que era su ordenador personal. Tecleó como un loco en la pantalla hasta abrir en una mitad el canal de noticias de última hora y, en la otra mitad, la red social Tuistah. Los titulares y mensajes de usuarios se deslizaban casi cada segundo para dar paso a otros más recientes. Una lágrima se deslizó por su mejilla cuando empezó a leer confirmaciones de que el planeta Paraíso acababa de ser destruido por el ministerio que le daba trabajo desde aquella misma mañana.

Ejercicio: Fantasía épica (Mundo Caos)

Mundo Caos, creado colaborativamente entre todos los alumnos

Esta semana os traigo el primer ejercicio de mi curso de Literatura Fantasista Avanzada, de la Escuela de Escritores. Este año me lo estoy tomando realmente en serio y tengo intención de compartir lo que escriba cada semana para el curso.

En este caso para el ejercicio teníamos que crear un mapa para un mundo inventado entre todos. Lo que salió es la imagen que podéis ver encabezando la entrada. La profesora, Inés Arias de Reyna, lo bautizó Mundo Caos por motivos obvios. Con ese mapa en mente teníamos que escribir un microrrelato con un personaje que hiciera un viaje, superando obstáculos y pasando por al menos dos localizaciones del mundo, y englobado dentro de la épica fantástica. Os dejo con mi texto. Espero que os guste, me salió un poco pratchettiano.


Hacía semanas que los piratas no veían a la decana Lobarda. Se había recluido en su isla a estudiar unos antiguos manuscritos que había encontrado en la biblioteca de la universidad. Aquella mañana la sintieron antes de verla. Primero fue un estruendoso chapoteo, que a su vez provocó un pequeño tsunami. Lobarda se había lanzado al agua. Minutos más tarde, la giganta llegaba a la costa y salía del agua trabajosamente; no es fácil mover tonelada y media de peso corporal, y el hábito de algodón de Decana de la Universidad Científicopirata no ayudaba.

— He dado con algo gordo, chicos — dijo al grumete Juaco, que se encontraba en la orilla.

Cuando Juaco contaba la historia en el comedor de la cueva pirata, describía con todo detalle la mirada decidida de la giganta.

La siguiente parte de su viaje, atravesar El Campo de Batallaeterna, hubiera podido parecer lo más difícil, pero eso sólo lo pensaría un humano de tamaño medio. Cuando una giganta de cinco metros de altura atraviesa un campo de batalla, los contendientes cesan temporalmente en su empeño de intentar destriparse los unos a los otros y hacen sitio para que pase, inclinándose ligeramente ante ella. Aunque siempre aparece algún valiente, por no decir temerario, como el soldado Kimjon, que piensa que tiene lo que hay que tener para enfrentarse a semejante mujer. Kimjon se lanzó hacia Lobarda, lanza en ristre y profiriendo el grito de batalla más temible que sus pulmones — y temblorosas cuerdas vocales — le permitieron. Sin mirarle siquiera, Lobarda cogió la lanza por el astil, justo a continuación de la afilada punta de acero, y con un enérgico movimiento lanzó al pobre soldado por el aire, volando varios cientos de metros entre alaridos de pánico. La caída puso fin tanto a los gritos de terror como a la vida de Kimjon.

Un par de horas, y varios idiotas, más tarde, Lobarda se encontraba en la escurridiza cima de la boca de El desagüe. Sacó de un bolsillo interior de su hábito un paquete confeccionado con brócoli trenzado y encerado, que lo hacía prácticamente indestructible e impermeable. Lo abrió y extrajo un pergamino garabateado y con ilustraciones. Lo estudió durante un momento y después empezó a explorar el interior de El desagüe. No tardó en encontrar lo que buscaba: unos símbolos cincelados en la roca. Los símbolos estaban muy bien disimulados, apenas discernibles de las grietas y aristas de alrededor; sólo alguien buscando aquellas runas en particular sería capaz de verlas. Bajó con cuidado hasta la enorme roca que hacía de tapón, rodeó la Cadena Sagrada y se acercó todo lo que pudo hasta la runa. Volvió a sacar el paquete de brócoli y cogió de su interior un pequeño cilindro de madera con un par de orificios y, tallada en la cara opuesta a los orificios, la misma runa que había en la pared de piedra. Se acercó el cilindro a los labios, sopló e hizo un rápido y complicado movimiento con los dedos sobre los orificios, tocando una vibrante melodía por unos segundos. Después, se sentó a esperar. Adoptó la postura del loto, cerró los ojos y comenzó a meditar.

A la tercera cabezada, la decana abrió los ojos y se encontró cara a cara con una enorme cabeza de dragón, más o menos igual de alta que ella, pegada a un cuerpo de serpiente.

«Demasiado grande para ser humana» siseó una voz en la mente de Lobarda. «Y, sin embargo, igual de estúpida.»

Lobarda se maldijo por haber decidido esperar sentada. Ahora tenía las piernas dormidas y no podría levantarse elegantemente para hacer una reverencia. Despacio, procurando que la sierpe viera con claridad cada uno de sus movimientos, la giganta sacó de otro bolsillo interior un cabritillo inconsciente y lo ofreció con los brazos extendidos, mientras agachaba la cabeza.

«O, quizá no tanto.»

Un latido después, el animal no estaba allí y la sierpe se relamía.

«Aunque, como ofrenda, se queda muy corto. ¿Tienes más ahí metidos?»

–Me temo que no, gran sierpe. Pero traeré más, si llegamos a un acuerdo.

«¿Acuerdo? ¿Qué clase de acuerdo?»

Lobarda se puso en pie, se acercó a la cadena y puso la mano sobre uno de los eslabones.

–Quiero que me ayudes a retirar el tapón. Necesito ver lo que hay debajo.

«¿Te das cuenta de que me pides que haga justo lo contrario de lo que es mi función? Yo estoy aquí para proteger el tapón y la cadena.»

–Escucha mi oferta, sierpe. Creo que seremos grandes amigas.

Allez-hop


Actualización: Al traerme la entrada a Medium he tenido que cambiar un poco la idea original.

Con esta entrada voy a inaugurar un nuevo tipo de post para el blog. Llevaba un tiempo queriendo publicar, pero sin saber bien qué. Me cuesta sacar tiempo para escribir y, cuando lo hago, suelen ser ejercicios para el curso de Literatura Fantástica; textos que a mí me parecen relativamente buenos, pero que después de recibir las críticas de compañeros y profesores resultan no serlo tanto. Y casi nunca los reescribo, por lo que no me animo a publicarlos aquí al ser relatos que sé que necesitan trabajo. Pero se me ocurrió la siguiente idea: publicarlos después del aluvión de críticas y añadir anotaciones con lo que me digan en clase. Así nos sirve a todos: a mí, porque publico algo, y a vosotros, porque podéis aprender de mis errores.

He añadido subrayados y comentarios:

  • Subrayado: palabras repetidas en poco espacio.
  • Subrayado + comentario: esto indica que he dejado una anotación al respecto, probablemente por algún error cometido.

Y, con esta entrada, doy el pistoletazo de salida a los nuevos Ejercicios:


— Por cierto, ¿cómo se os ocurre llevar un mago a la boda? Que no somos críos, eso ya no se lo traga nadie. ¡La magia no existe!

Era la mañana siguiente a la boda de su hermano y Daniel se disponía a salir al patio de la casa rural. Había pasado allí la noche, invitado por los novios, junto con los padres y la hermana de la novia y unas amigas. Su hermano, que caminaba por delante, rehusó contestarle y atravesó la puerta que daba al patio. Se agachó ligeramente — era bastante alto — para no darse en la cabeza y Daniel — un poco más alto que su hermano — hizo lo mismo. Sólo que no calculó bien — fruto probablemente de haberse confiado al ver que Raúl no tuvo que bajar mucho la cabeza, y no de las copas de la noche anterior — y se golpeó la coronilla en el marco de la puerta.

Inmediatamente cerró los ojos se llevó la mano derecha al lugar donde se había golpeado. Cuando aún veía todo de color rojo alguien dijo junto a él: “Oh, demonios”. Daniel aún estaba reponiéndose del coscorrón, pero no se había dado tan fuerte como para no notar dos cosas muy curiosas de aquella voz: en primer lugar, que no era la de su hermano y, en segundo lugar, que venía de algún lugar a su izquierda y a la altura de su cadera.

Cuando abrió los ojos lo que tenía ante él no era exactamente el patio de la casa rural. Todo era como debería ser, excepto por que no había casa rural y que el cielo, en lugar de los tonos azules de la mañana, se vestía con unos tonos verdosos que no había visto nunca. Ah, y el detalle de que había un conejo blanco de más un metro de altura junto a él, de pie sobre sus patas traseras y tirándose de las largas orejas como si quisiera arrancárselas.

— No deberías estar aquí, ¿qué demonios haces aquí? — inquirió el conejo, visiblemente agitado.

Daniel, aún perplejo, se masajeaba la zona del golpe mientras se preguntaba si no tendría una conmoción.

— Oh, cielos, ¿te has golpeado la cabeza? ¿Con mucha fuerza?

— Más de lo que yo pensaba, parece, aunque no duele tanto.

— Maldita sea, esto ya lo he visto antes. ¿Atravesabas algún tipo de umbral cuando ocurrió?

— Una puerta, sí. ¿Cómo…?

— Oh, qué desgracia. Y en un momento como éste. Has tenido mala suerte, está claro. Bueno, yo me tengo que ir, ya lo siento.

El conejo se giró y se disponía a alejarse cuando la mano izquierda de Daniel le retuvo agarrándole de una de las patas delanteras.

— Espera, espera, ¿qué?

— ¡Suéltame, no tenemos tiempo, mira ese cielo! A esta dimensión no le quedan más de dos minutos, hay que irse. — La mirada de Daniel había pasado de la incredulidad a la exasperación y el conejo pensó que quizá si se lo terminaba de explicar le dejaría libre. —Esta es una estación de paso, los saltadores las creamos para movernos a dimensiones que están demasiado alejadas entre sí. Y ésta ya está desapareciendo, ¿ves?

El conejo había señalado con su patita libre en dirección al horizonte, donde la mirada de Daniel se cruzó con una negrura que avanzaba hacia ellos devorando todo a su paso.

— Es ciertamente infortunado que hayas descubierto justo ahora, y de esa forma tan desagradable, que eres un saltador, pero no puedo hacer nada por ti. No puedo llevarte conmigo, pesas demasiado. Tienes que saltar por ti mismo. Y, desde luego, no hay tiempo para enseñarte. Lo siento, grandullón. ¿Me sueltas para que al menos yo sí pueda salvarme?

— ¿No puedes darme un curso acelerado o algo?

La desesperación en la voz del humano ablandó un poco al conejo, que intentó resumir en unos segundos lo básico de la teoría sobre los saltos interdimensionales. Se le daba bien hablar rápido. Mientras explicaba, se quitó el colgante que llevaba y se lo dio a Daniel.

— ¿Entonces, si hago eso que dices y me golpeo igual de fuerte debería ser capaz de… eh, cómo lo has llamado? ¿Saltar?

— Sí. ¡Buena Suerte!

El conejo se dio media vuelta y dando saltitos a cuatro patas desapareció tras unos arbustos. Daniel se acercó a un árbol y sujetó con ambas manos una rama para tenerla a su alcance. Echó un vistazo a la negrura que se acercaba, para calcular a ojo cuánto tiempo tenía. A continuación, tal como le había explicado el conejo, visualizó en su mente el lugar al que quería saltar — el maldito patio de la casa rural — y concentró todo su ser en aquel sitio. Cuando pensó que ya lo tenía, le lanzó un buen cabezazo a una rama del árbol para volver a darse en el mismo sitio.

— ¿Qué has hecho? — Preguntó la voz familiar de su hermano, sin poder aguantar la risa.

Daniel se masajeaba el lugar del coscorrón y le pareció notar algo húmedo. Se acercó el dedo para mirarlo bien y vio un poco de sangre.

— No he calculado bien al pasar por la puerta.

En su mano izquierda aún apretaba con fuerza el cristal de obsidiana que el conejo le había dado para ayudarle a canalizar la energía del salto.


Además, de lo que ya he marcado en el texto, me hicieron los siguientes comentarios:

  • No queda claro que el conejo le da el colgante de obsidiana para ayudarle a saltar.
  • Al hablar al principio de un mago y aparecer más tarde un conejo, se establece una relación entre ambos que yo no buscaba.
  • No es buena idea utilizar un conejo como el que he metido para este tipo de personaje porque por sus características (el tamaño que tiene, el que sea blanco, el que sea nervioso) lleva a pensar en el conejo de Alicia en el País de las Maravillas. Yo lo hice a modo de guiño porque era un ejercicio de clase, pero entendí que debo tomarme más en serio estos textos y escribirlos como si los fuera a publicar. La profesora sugirió cambiar el conejo por un canguro, lo que no me parece mala idea, dado el tema de los saltos.
  • El simple hecho de hablar de “dimensiones” puede llevar al lector a pensar en ciencia ficción y cargarse la atmósfera de fantasía, que era lo que yo en realidad buscaba. En mi cabeza los saltos tienen un origen totalmente mágico, pero es cierto que esa palabra en concreto puede tener esa connotación de ciencia o tecnología que no era lo que yo pretendía.

Mezclando conceptos

El viernes empecé un nuevo curso en la Escuela de escritores. Algunos recordaréis que el año pasado estuve haciendo el primer curso del Itinerario de novela. El caso es que la teoría me gustó, pero el curso en sí no lo suficiente como para seguir. Sobre todo porque me sentía bastante fuera de lugar. Al terminar el año lectivo en la escuela me dije que al año siguiente, si me veía con ánimos, haría el curso que tenían sobre Literatura fantástica. Ahí estaría más en mi elemento.

La sorpresa fue descubrir que lo que antes era un curso ahora se ha convertido en un Itinerario de literatura fantástica, también de tres años de duración total. Y me gustó mucho la idea. De modo que el viernes lo empecé y tiene muy buena pinta.

Nos mandaron un ejercicio para hacer allí mismo. Cada uno de los alumnos tuvimos que escribir en papelitos nombres de dos seres fantásticos y luego de dos objetos cotidianos. Después, cada uno cogió un papelito de la “urna” (vaso de plástico) de los seres y otro de la de los objetos. La tarea consistía en, si podíamos, fusionar ambos conceptos en un ser único y presentarlo al resto de la clase mediante un breve relato que no tenía por qué ser redondo (es decir, no tenía por qué tener la clásica estructura de introducción-nudo-desenlace). Si los conceptos extraídos al azar eran imposibles de mezclar teníamos que hacer que al menos interactuaran. No había terminado el profesor de explicar el ejercicio cuando yo ya había empezado a escribir: lo tenía muy claro. Os dejo a continuación con el relato tal cual salió en el momento y, después, os digo los dos conceptos que me tocaron.


Ya al comprarlo tuve una sensación extraña. Necesitaba un secador para el pelo y no tenía tiempo para pararme a elegir, así que cogí uno de una marca conocida pero que no fuera muy caro. En el momento me pareció que la caja estaba caliente, pero no le di mayor importancia. Pasé por caja y subí volando a casa para terminar de arreglarme para mi cita. Lo saqué de la caja y, al enchufarlo, juro que oí un murmullo extraño. Me recordó al ronroneo de Dama, mi gata, pero más profundo. Ajusté ligeramente los controles del aparato y presioné el botón. Nada. Parecía muerto. Incluso el ronroneo gutural se había apagado. Sabía que el enchufe funcionaba porque solía poner ahí a cargar el móvil mientras me duchaba, así que tenía que ser otra cosa. Comprobé el cable y la carcasa del cacharro y todo parecía en orden. Miré al interior de la boca del objeto mientras volvía a accionar el botón y vi una pequeña bola de luz que de pronto se convirtió en una enorme llamarada de un fuego amarillo verdoso. Todo ocurrió demasiado rápido y casi no pude reaccionar. Conseguí salvar la cara, pero prendió parte de mi pelo y la cortina de la ducha. Ahora estoy sentada en el suelo del baño con parte de mi preciosa melena chamuscada y no puedo dejar de temblar. Creo que ha emitido un rugido triunfal.


Esto me salió en unos quince minutos que nos dieron para escribir y tiene ciertos fallos, pero creo que quedó bien, ¿no? Probablemente es muy evidente, pero los conceptos que me tocaron fueron dragón y secador de pelo.

¿Qué os ha parecido?