Ejercicio: Fantasía épica (Mundo Caos)

Mundo Caos, creado colaborativamente entre todos los alumnos

Esta semana os traigo el primer ejercicio de mi curso de Literatura Fantasista Avanzada, de la Escuela de Escritores. Este año me lo estoy tomando realmente en serio y tengo intención de compartir lo que escriba cada semana para el curso.

En este caso para el ejercicio teníamos que crear un mapa para un mundo inventado entre todos. Lo que salió es la imagen que podéis ver encabezando la entrada. La profesora, Inés Arias de Reyna, lo bautizó Mundo Caos por motivos obvios. Con ese mapa en mente teníamos que escribir un microrrelato con un personaje que hiciera un viaje, superando obstáculos y pasando por al menos dos localizaciones del mundo, y englobado dentro de la épica fantástica. Os dejo con mi texto. Espero que os guste, me salió un poco pratchettiano.


Hacía semanas que los piratas no veían a la decana Lobarda. Se había recluido en su isla a estudiar unos antiguos manuscritos que había encontrado en la biblioteca de la universidad. Aquella mañana la sintieron antes de verla. Primero fue un estruendoso chapoteo, que a su vez provocó un pequeño tsunami. Lobarda se había lanzado al agua. Minutos más tarde, la giganta llegaba a la costa y salía del agua trabajosamente; no es fácil mover tonelada y media de peso corporal, y el hábito de algodón de Decana de la Universidad Científicopirata no ayudaba.

— He dado con algo gordo, chicos — dijo al grumete Juaco, que se encontraba en la orilla.

Cuando Juaco contaba la historia en el comedor de la cueva pirata, describía con todo detalle la mirada decidida de la giganta.

La siguiente parte de su viaje, atravesar El Campo de Batallaeterna, hubiera podido parecer lo más difícil, pero eso sólo lo pensaría un humano de tamaño medio. Cuando una giganta de cinco metros de altura atraviesa un campo de batalla, los contendientes cesan temporalmente en su empeño de intentar destriparse los unos a los otros y hacen sitio para que pase, inclinándose ligeramente ante ella. Aunque siempre aparece algún valiente, por no decir temerario, como el soldado Kimjon, que piensa que tiene lo que hay que tener para enfrentarse a semejante mujer. Kimjon se lanzó hacia Lobarda, lanza en ristre y profiriendo el grito de batalla más temible que sus pulmones — y temblorosas cuerdas vocales — le permitieron. Sin mirarle siquiera, Lobarda cogió la lanza por el astil, justo a continuación de la afilada punta de acero, y con un enérgico movimiento lanzó al pobre soldado por el aire, volando varios cientos de metros entre alaridos de pánico. La caída puso fin tanto a los gritos de terror como a la vida de Kimjon.

Un par de horas, y varios idiotas, más tarde, Lobarda se encontraba en la escurridiza cima de la boca de El desagüe. Sacó de un bolsillo interior de su hábito un paquete confeccionado con brócoli trenzado y encerado, que lo hacía prácticamente indestructible e impermeable. Lo abrió y extrajo un pergamino garabateado y con ilustraciones. Lo estudió durante un momento y después empezó a explorar el interior de El desagüe. No tardó en encontrar lo que buscaba: unos símbolos cincelados en la roca. Los símbolos estaban muy bien disimulados, apenas discernibles de las grietas y aristas de alrededor; sólo alguien buscando aquellas runas en particular sería capaz de verlas. Bajó con cuidado hasta la enorme roca que hacía de tapón, rodeó la Cadena Sagrada y se acercó todo lo que pudo hasta la runa. Volvió a sacar el paquete de brócoli y cogió de su interior un pequeño cilindro de madera con un par de orificios y, tallada en la cara opuesta a los orificios, la misma runa que había en la pared de piedra. Se acercó el cilindro a los labios, sopló e hizo un rápido y complicado movimiento con los dedos sobre los orificios, tocando una vibrante melodía por unos segundos. Después, se sentó a esperar. Adoptó la postura del loto, cerró los ojos y comenzó a meditar.

A la tercera cabezada, la decana abrió los ojos y se encontró cara a cara con una enorme cabeza de dragón, más o menos igual de alta que ella, pegada a un cuerpo de serpiente.

«Demasiado grande para ser humana» siseó una voz en la mente de Lobarda. «Y, sin embargo, igual de estúpida.»

Lobarda se maldijo por haber decidido esperar sentada. Ahora tenía las piernas dormidas y no podría levantarse elegantemente para hacer una reverencia. Despacio, procurando que la sierpe viera con claridad cada uno de sus movimientos, la giganta sacó de otro bolsillo interior un cabritillo inconsciente y lo ofreció con los brazos extendidos, mientras agachaba la cabeza.

«O, quizá no tanto.»

Un latido después, el animal no estaba allí y la sierpe se relamía.

«Aunque, como ofrenda, se queda muy corto. ¿Tienes más ahí metidos?»

–Me temo que no, gran sierpe. Pero traeré más, si llegamos a un acuerdo.

«¿Acuerdo? ¿Qué clase de acuerdo?»

Lobarda se puso en pie, se acercó a la cadena y puso la mano sobre uno de los eslabones.

–Quiero que me ayudes a retirar el tapón. Necesito ver lo que hay debajo.

«¿Te das cuenta de que me pides que haga justo lo contrario de lo que es mi función? Yo estoy aquí para proteger el tapón y la cadena.»

–Escucha mi oferta, sierpe. Creo que seremos grandes amigas.

Allez-hop


Actualización: Al traerme la entrada a Medium he tenido que cambiar un poco la idea original.

Con esta entrada voy a inaugurar un nuevo tipo de post para el blog. Llevaba un tiempo queriendo publicar, pero sin saber bien qué. Me cuesta sacar tiempo para escribir y, cuando lo hago, suelen ser ejercicios para el curso de Literatura Fantástica; textos que a mí me parecen relativamente buenos, pero que después de recibir las críticas de compañeros y profesores resultan no serlo tanto. Y casi nunca los reescribo, por lo que no me animo a publicarlos aquí al ser relatos que sé que necesitan trabajo. Pero se me ocurrió la siguiente idea: publicarlos después del aluvión de críticas y añadir anotaciones con lo que me digan en clase. Así nos sirve a todos: a mí, porque publico algo, y a vosotros, porque podéis aprender de mis errores.

He añadido subrayados y comentarios:

  • Subrayado: palabras repetidas en poco espacio.
  • Subrayado + comentario: esto indica que he dejado una anotación al respecto, probablemente por algún error cometido.

Y, con esta entrada, doy el pistoletazo de salida a los nuevos Ejercicios:


— Por cierto, ¿cómo se os ocurre llevar un mago a la boda? Que no somos críos, eso ya no se lo traga nadie. ¡La magia no existe!

Era la mañana siguiente a la boda de su hermano y Daniel se disponía a salir al patio de la casa rural. Había pasado allí la noche, invitado por los novios, junto con los padres y la hermana de la novia y unas amigas. Su hermano, que caminaba por delante, rehusó contestarle y atravesó la puerta que daba al patio. Se agachó ligeramente — era bastante alto — para no darse en la cabeza y Daniel — un poco más alto que su hermano — hizo lo mismo. Sólo que no calculó bien — fruto probablemente de haberse confiado al ver que Raúl no tuvo que bajar mucho la cabeza, y no de las copas de la noche anterior — y se golpeó la coronilla en el marco de la puerta.

Inmediatamente cerró los ojos se llevó la mano derecha al lugar donde se había golpeado. Cuando aún veía todo de color rojo alguien dijo junto a él: “Oh, demonios”. Daniel aún estaba reponiéndose del coscorrón, pero no se había dado tan fuerte como para no notar dos cosas muy curiosas de aquella voz: en primer lugar, que no era la de su hermano y, en segundo lugar, que venía de algún lugar a su izquierda y a la altura de su cadera.

Cuando abrió los ojos lo que tenía ante él no era exactamente el patio de la casa rural. Todo era como debería ser, excepto por que no había casa rural y que el cielo, en lugar de los tonos azules de la mañana, se vestía con unos tonos verdosos que no había visto nunca. Ah, y el detalle de que había un conejo blanco de más un metro de altura junto a él, de pie sobre sus patas traseras y tirándose de las largas orejas como si quisiera arrancárselas.

— No deberías estar aquí, ¿qué demonios haces aquí? — inquirió el conejo, visiblemente agitado.

Daniel, aún perplejo, se masajeaba la zona del golpe mientras se preguntaba si no tendría una conmoción.

— Oh, cielos, ¿te has golpeado la cabeza? ¿Con mucha fuerza?

— Más de lo que yo pensaba, parece, aunque no duele tanto.

— Maldita sea, esto ya lo he visto antes. ¿Atravesabas algún tipo de umbral cuando ocurrió?

— Una puerta, sí. ¿Cómo…?

— Oh, qué desgracia. Y en un momento como éste. Has tenido mala suerte, está claro. Bueno, yo me tengo que ir, ya lo siento.

El conejo se giró y se disponía a alejarse cuando la mano izquierda de Daniel le retuvo agarrándole de una de las patas delanteras.

— Espera, espera, ¿qué?

— ¡Suéltame, no tenemos tiempo, mira ese cielo! A esta dimensión no le quedan más de dos minutos, hay que irse. — La mirada de Daniel había pasado de la incredulidad a la exasperación y el conejo pensó que quizá si se lo terminaba de explicar le dejaría libre. —Esta es una estación de paso, los saltadores las creamos para movernos a dimensiones que están demasiado alejadas entre sí. Y ésta ya está desapareciendo, ¿ves?

El conejo había señalado con su patita libre en dirección al horizonte, donde la mirada de Daniel se cruzó con una negrura que avanzaba hacia ellos devorando todo a su paso.

— Es ciertamente infortunado que hayas descubierto justo ahora, y de esa forma tan desagradable, que eres un saltador, pero no puedo hacer nada por ti. No puedo llevarte conmigo, pesas demasiado. Tienes que saltar por ti mismo. Y, desde luego, no hay tiempo para enseñarte. Lo siento, grandullón. ¿Me sueltas para que al menos yo sí pueda salvarme?

— ¿No puedes darme un curso acelerado o algo?

La desesperación en la voz del humano ablandó un poco al conejo, que intentó resumir en unos segundos lo básico de la teoría sobre los saltos interdimensionales. Se le daba bien hablar rápido. Mientras explicaba, se quitó el colgante que llevaba y se lo dio a Daniel.

— ¿Entonces, si hago eso que dices y me golpeo igual de fuerte debería ser capaz de… eh, cómo lo has llamado? ¿Saltar?

— Sí. ¡Buena Suerte!

El conejo se dio media vuelta y dando saltitos a cuatro patas desapareció tras unos arbustos. Daniel se acercó a un árbol y sujetó con ambas manos una rama para tenerla a su alcance. Echó un vistazo a la negrura que se acercaba, para calcular a ojo cuánto tiempo tenía. A continuación, tal como le había explicado el conejo, visualizó en su mente el lugar al que quería saltar — el maldito patio de la casa rural — y concentró todo su ser en aquel sitio. Cuando pensó que ya lo tenía, le lanzó un buen cabezazo a una rama del árbol para volver a darse en el mismo sitio.

— ¿Qué has hecho? — Preguntó la voz familiar de su hermano, sin poder aguantar la risa.

Daniel se masajeaba el lugar del coscorrón y le pareció notar algo húmedo. Se acercó el dedo para mirarlo bien y vio un poco de sangre.

— No he calculado bien al pasar por la puerta.

En su mano izquierda aún apretaba con fuerza el cristal de obsidiana que el conejo le había dado para ayudarle a canalizar la energía del salto.


Además, de lo que ya he marcado en el texto, me hicieron los siguientes comentarios:

  • No queda claro que el conejo le da el colgante de obsidiana para ayudarle a saltar.
  • Al hablar al principio de un mago y aparecer más tarde un conejo, se establece una relación entre ambos que yo no buscaba.
  • No es buena idea utilizar un conejo como el que he metido para este tipo de personaje porque por sus características (el tamaño que tiene, el que sea blanco, el que sea nervioso) lleva a pensar en el conejo de Alicia en el País de las Maravillas. Yo lo hice a modo de guiño porque era un ejercicio de clase, pero entendí que debo tomarme más en serio estos textos y escribirlos como si los fuera a publicar. La profesora sugirió cambiar el conejo por un canguro, lo que no me parece mala idea, dado el tema de los saltos.
  • El simple hecho de hablar de “dimensiones” puede llevar al lector a pensar en ciencia ficción y cargarse la atmósfera de fantasía, que era lo que yo en realidad buscaba. En mi cabeza los saltos tienen un origen totalmente mágico, pero es cierto que esa palabra en concreto puede tener esa connotación de ciencia o tecnología que no era lo que yo pretendía.