Allez-hop


Actualización: Al traerme la entrada a Medium he tenido que cambiar un poco la idea original.

Con esta entrada voy a inaugurar un nuevo tipo de post para el blog. Llevaba un tiempo queriendo publicar, pero sin saber bien qué. Me cuesta sacar tiempo para escribir y, cuando lo hago, suelen ser ejercicios para el curso de Literatura Fantástica; textos que a mí me parecen relativamente buenos, pero que después de recibir las críticas de compañeros y profesores resultan no serlo tanto. Y casi nunca los reescribo, por lo que no me animo a publicarlos aquí al ser relatos que sé que necesitan trabajo. Pero se me ocurrió la siguiente idea: publicarlos después del aluvión de críticas y añadir anotaciones con lo que me digan en clase. Así nos sirve a todos: a mí, porque publico algo, y a vosotros, porque podéis aprender de mis errores.

He añadido subrayados y comentarios:

  • Subrayado: palabras repetidas en poco espacio.
  • Subrayado + comentario: esto indica que he dejado una anotación al respecto, probablemente por algún error cometido.

Y, con esta entrada, doy el pistoletazo de salida a los nuevos Ejercicios:


— Por cierto, ¿cómo se os ocurre llevar un mago a la boda? Que no somos críos, eso ya no se lo traga nadie. ¡La magia no existe!

Era la mañana siguiente a la boda de su hermano y Daniel se disponía a salir al patio de la casa rural. Había pasado allí la noche, invitado por los novios, junto con los padres y la hermana de la novia y unas amigas. Su hermano, que caminaba por delante, rehusó contestarle y atravesó la puerta que daba al patio. Se agachó ligeramente — era bastante alto — para no darse en la cabeza y Daniel — un poco más alto que su hermano — hizo lo mismo. Sólo que no calculó bien — fruto probablemente de haberse confiado al ver que Raúl no tuvo que bajar mucho la cabeza, y no de las copas de la noche anterior — y se golpeó la coronilla en el marco de la puerta.

Inmediatamente cerró los ojos se llevó la mano derecha al lugar donde se había golpeado. Cuando aún veía todo de color rojo alguien dijo junto a él: “Oh, demonios”. Daniel aún estaba reponiéndose del coscorrón, pero no se había dado tan fuerte como para no notar dos cosas muy curiosas de aquella voz: en primer lugar, que no era la de su hermano y, en segundo lugar, que venía de algún lugar a su izquierda y a la altura de su cadera.

Cuando abrió los ojos lo que tenía ante él no era exactamente el patio de la casa rural. Todo era como debería ser, excepto por que no había casa rural y que el cielo, en lugar de los tonos azules de la mañana, se vestía con unos tonos verdosos que no había visto nunca. Ah, y el detalle de que había un conejo blanco de más un metro de altura junto a él, de pie sobre sus patas traseras y tirándose de las largas orejas como si quisiera arrancárselas.

— No deberías estar aquí, ¿qué demonios haces aquí? — inquirió el conejo, visiblemente agitado.

Daniel, aún perplejo, se masajeaba la zona del golpe mientras se preguntaba si no tendría una conmoción.

— Oh, cielos, ¿te has golpeado la cabeza? ¿Con mucha fuerza?

— Más de lo que yo pensaba, parece, aunque no duele tanto.

— Maldita sea, esto ya lo he visto antes. ¿Atravesabas algún tipo de umbral cuando ocurrió?

— Una puerta, sí. ¿Cómo…?

— Oh, qué desgracia. Y en un momento como éste. Has tenido mala suerte, está claro. Bueno, yo me tengo que ir, ya lo siento.

El conejo se giró y se disponía a alejarse cuando la mano izquierda de Daniel le retuvo agarrándole de una de las patas delanteras.

— Espera, espera, ¿qué?

— ¡Suéltame, no tenemos tiempo, mira ese cielo! A esta dimensión no le quedan más de dos minutos, hay que irse. — La mirada de Daniel había pasado de la incredulidad a la exasperación y el conejo pensó que quizá si se lo terminaba de explicar le dejaría libre. —Esta es una estación de paso, los saltadores las creamos para movernos a dimensiones que están demasiado alejadas entre sí. Y ésta ya está desapareciendo, ¿ves?

El conejo había señalado con su patita libre en dirección al horizonte, donde la mirada de Daniel se cruzó con una negrura que avanzaba hacia ellos devorando todo a su paso.

— Es ciertamente infortunado que hayas descubierto justo ahora, y de esa forma tan desagradable, que eres un saltador, pero no puedo hacer nada por ti. No puedo llevarte conmigo, pesas demasiado. Tienes que saltar por ti mismo. Y, desde luego, no hay tiempo para enseñarte. Lo siento, grandullón. ¿Me sueltas para que al menos yo sí pueda salvarme?

— ¿No puedes darme un curso acelerado o algo?

La desesperación en la voz del humano ablandó un poco al conejo, que intentó resumir en unos segundos lo básico de la teoría sobre los saltos interdimensionales. Se le daba bien hablar rápido. Mientras explicaba, se quitó el colgante que llevaba y se lo dio a Daniel.

— ¿Entonces, si hago eso que dices y me golpeo igual de fuerte debería ser capaz de… eh, cómo lo has llamado? ¿Saltar?

— Sí. ¡Buena Suerte!

El conejo se dio media vuelta y dando saltitos a cuatro patas desapareció tras unos arbustos. Daniel se acercó a un árbol y sujetó con ambas manos una rama para tenerla a su alcance. Echó un vistazo a la negrura que se acercaba, para calcular a ojo cuánto tiempo tenía. A continuación, tal como le había explicado el conejo, visualizó en su mente el lugar al que quería saltar — el maldito patio de la casa rural — y concentró todo su ser en aquel sitio. Cuando pensó que ya lo tenía, le lanzó un buen cabezazo a una rama del árbol para volver a darse en el mismo sitio.

— ¿Qué has hecho? — Preguntó la voz familiar de su hermano, sin poder aguantar la risa.

Daniel se masajeaba el lugar del coscorrón y le pareció notar algo húmedo. Se acercó el dedo para mirarlo bien y vio un poco de sangre.

— No he calculado bien al pasar por la puerta.

En su mano izquierda aún apretaba con fuerza el cristal de obsidiana que el conejo le había dado para ayudarle a canalizar la energía del salto.


Además, de lo que ya he marcado en el texto, me hicieron los siguientes comentarios:

  • No queda claro que el conejo le da el colgante de obsidiana para ayudarle a saltar.
  • Al hablar al principio de un mago y aparecer más tarde un conejo, se establece una relación entre ambos que yo no buscaba.
  • No es buena idea utilizar un conejo como el que he metido para este tipo de personaje porque por sus características (el tamaño que tiene, el que sea blanco, el que sea nervioso) lleva a pensar en el conejo de Alicia en el País de las Maravillas. Yo lo hice a modo de guiño porque era un ejercicio de clase, pero entendí que debo tomarme más en serio estos textos y escribirlos como si los fuera a publicar. La profesora sugirió cambiar el conejo por un canguro, lo que no me parece mala idea, dado el tema de los saltos.
  • El simple hecho de hablar de “dimensiones” puede llevar al lector a pensar en ciencia ficción y cargarse la atmósfera de fantasía, que era lo que yo en realidad buscaba. En mi cabeza los saltos tienen un origen totalmente mágico, pero es cierto que esa palabra en concreto puede tener esa connotación de ciencia o tecnología que no era lo que yo pretendía.

El discurso


English version

Todo empezó cuando mi hermano me pidió que escribiera algo para leer el día de su boda.

Venga, no seas rancio, hay gente que va a leer, ¿cómo no va a leer mi hermano?

Y yo pensé que tenía razón. Porque además me gusta escribir. Pero si hubiera sabido cómo iba a salir la cosa, quizá me lo hubiera tomado más en serio desde el principio.

A falta de unas dos semanas no había escrito una palabra cuando Raúl, mi hermano, me mandó un mensaje para meter presión, porque se lo debía estar oliendo. En esa conversación ya se me empezaron a ocurrir varias ideas; esto es algo que me pasa a menudo, suelo ser más creativo cuando alguien “piensa conmigo”.

Una de estas ideas, que al final deseché, era presentarme con un buen taco de folios y colocarlos sobre el atril mientras decía “Bueno, intentaré ser breve”. Menos mal que decidí no hacer esto porque al final no hubo atril y hubiera sido un coñazo tremendo cargar con los folios.

A una semana de la boda escribí en un rato el primer borrador del discurso. Para ayudarme usé un artículo de Internet en el que daban unos cuantos consejos acerca de la escritura de este tipo de textos. Cogí algunos de los consejos y deseché la mayoría porque me parecía que iban a convertir aquello en algo demasiado elaborado. Dejé que mi hermano leyera aquella primera versión y coincidió conmigo en los principales fallos. Unos días después reescribí las partes que lo necesitaban y lo arreglé un poco. El día antes de la boda volví a darle algunas vueltas y corregí algunos pequeños detalles. No sabía si el discurso estaba listo y no me parecía demasiado bueno, pero si seguía trabajando en él no iba a terminar nunca, así que aparqué la tablet en la que estaba trabajando y decidí olvidarme hasta el día siguiente.

En la mañana del día de la boda mi hermano y yo teníamos que desplazarnos para una sesión de fotos en la que los familiares y amigos “ayudaríamos a vestirse” al novio. Me aseguré de que la tablet iba conmigo en todo momento; era un poco una mezcla de “no quiero separarme del discurso” y de “ay, como me la deje en alguna parte”. Al volver a la finca de la celebración saludé a los invitados que ya habían llegado y tomamos limonada mientras esperábamos a que fueran llegando los demás. Yo seguía sin ponerme nervioso, vestido con mi traje azul marino casi negro, mi corbata verde, mis zapatos marrones y mis gemelos de cubos de Rubik. Seguían llegando invitados y cada vez estábamos más polarizados: a la sombra mi familia, la de la novia al sol.

Nos dimos cuenta de que algunos invitados empezaban a tomar posiciones en la arboleda que acogería la ceremonia y decidimos acercarnos. Esperamos hasta que la mayoría de invitados llegó y entonces la jueza de paz se arrancó, visiblemente nerviosa, con un discurso en el que se trabó varias veces. En seguida llamó a la hermana de la novia, para que se acercara a leer su discurso. Ahí empezaron mis nervios porque pensaba que yo iba después. Sin embargo, después de ella leyó una prima de la novia. Y entonces sí, llegó mi momento. Me llamaron y me acerqué por donde menos se lo esperaba la mujer que ya pensaba que yo no había acudido.

Coloqué el micrófono a mi altura, eché un vistazo a los invitados, miré a los novios y desbloqueé la tablet para empezar a leer mi discurso. Lo primero que hice fue descartar el comienzo del texto. En parte porque me parecía que no iba a resultar tan gracioso como en mi cabeza y, por otra, porque no tenía atril como había esperado. En ese inicio desechado fingía ponerme a dar un discurso político y luego pedía disculpas por haberme equivocado. Entonces improvisé, por puros nervios, un “A ver cómo sigo yo después de estos dos pedazo de discursos” o algo así y me puse a leer lo mío.

Arranqué con la mítica frase de Bilbo en su discurso de cumpleaños:

No conozco a la mitad de ustedes ni la mitad de lo que querría, y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que la mitad de ustedes merece.

Bueno, cambiando el los “ustedes” por “vosotros”, que al fin y al cabo estábamos entre familia. La idea de incluir este fragmento de El señor de los anillos no fue casual; cuando empecé a plantearme qué escribir me imaginé de pie ante los invitados y pensé que no conocería a la mitad de aquellas personas. Y, claro, esa frase vino inmediatamente a mi cabeza. El único fallo aquí fue que los nervios me impidieron fijarme en las caras que debió poner la gente al escuchar semejante trabalenguas. No recuerdo si se rieron.

Proseguí con la parte en la que hablaba del novio. Contando alguna anécdota de cuando éramos pequeños y hablando de lo unidos que hemos estado casi siempre. De vez en cuando levantaba la mirada y, ya que los nervios y la timidez me impedían mirar al grueso de los invitados, echaba ojeadas a los novios y padrinos. Y me di cuenta de que mi hermano estaba a punto de llorar. Al parecer -yo no me di cuenta-, cuando hablé de cómo jugábamos de pequeños incluso le empezó a temblar la barbilla. Luego vino la parte de la novia, sobre cuán poco la conozco todavía y la relación que nos une. Esta parte supongo que fue más graciosa que emotiva. El discurso lo cerraba un final en el que hablaba de los churumbeles por venir y mi necesidad de convertirles en frikis. Terminé de leer, le puse la cubierta a la tablet, me acerqué a besar y abrazar a novios y padrinos, y me alejé lo más rápido que pude del centro de atención.

La ceremonia prosiguió, se pusieron los anillos, se besaron y mi hermano leyó su discurso. Le quedó tremendamente emotivo porque luchaba por no romper a llorar con un nudo en la garganta que a nosotros nos puso en el estómago. Entonces los novios se fueron con los fotógrafos a hacerse fotos por la finca mientras los demás íbamos a empezar a beber y comer.

La anécdota más graciosa relacionada con el discurso fue cuando me acerqué al DJ a pedirle algo de heavy. Bueno, al menos esa era la idea de mi primo Álvaro, pero hubo que rebajarlo un poco. Supuse que si poníamos Avenged Sevenfold nos íbamos a cargar la fiesta, así que opté por algo un poco más conocido; quizá así el impacto sería menor. De modo que mi primo y yo nos acercamos al DJ, que se sonrió al verme por allí. Sorprendido, llego hasta él y me hace una seña para que pase al otro lado de su mesa, colocándome a su lado, y me dice “A ti te estaba esperando yo”. En un principio no entendía por qué podía estar esperándome, hasta que caí en que él había estado presente durante mi discurso. En la parte final, cuando hablé de los futuros sobrinos dije que “había mucho heavy metal que ponerles”. Por eso no me sorprendió que a continuación me preguntara si quería que pusiera algo de Iron Maiden. No era mala idea, pero mi primo y yo habíamos pensado mejor en algo de AC/DC. Yo le pedí Highway to Hell y el DJ me propuso un Thunderstruck; le dije que me valía cualquiera de las dos. Canción y media después sonaba AC/DC y los invitados de la fiesta se quedaron un poco sin saber cómo reaccionar.

Pero a lo largo del día bastantes personas se acercaron hasta mí para decirme que les había gustado mucho mi discurso. Las reacciones se podían resumir, mayoritariamente, en:

  • Cabrón, casi me haces llorar
  • Cabrón, cómo me has hecho llorar

Y aquello me llenó de una especie de felicidad que no había saboreado hasta entonces. Algo que había escrito yo en unos cuantos ratos sueltos, no más de media hora, había llegado bastante profundo al corazón de muchas personas. Es más, yo lo había concebido como un texto gracioso, con una referencia friki y montones de chistes y coñas, y la mayoría de la gente recalcaba lo emotivo que les había resultado hasta el punto de hacerles llorar, o casi. Ese día me di cuenta de que esto es lo que siempre he querido: escribir unas palabras y conseguir reacciones emotivas de la gente, ya sean risas o lágrimas.

Y para eso estamos aquí 😉