Ejercicio: Deleznables

El ejercicio consistía en crear un personaje principal deleznable con el que el lector no pudiera identificarse, y un secundario con el que poder empatizar. Os dejo con el microrrelato, a ver qué os parece.

A las 9 en punto Petrok se sentó frente a su terminal y colocó una taza de poliestireno, llena de un café humeante, en el posavasos junto al escritorio. Tocó un botón en el lateral de su monitor y solo entonces, mientras esperaba a que el sistema operativo cargara, reparó en que su nuevo compañero ya estaba sentado a su lado.

— Pensaba que entrábamos a las siete y media — sentenció Yuma junto a él.

— Así es, joven… becario. Pero tenemos derecho a un café antes de sentarnos a trabajar. Vengo de la cantina.

— Me llamo Yuma, señor, nos presentaron ayer. Me informaron de que hoy sería mi primera jornada y me instaron a estar aquí a las siete y media, hora oficial de entrada, para que no perdiéramos nada de tiempo. Es mucho el conocimiento que me tiene que traspasar antes de…

— Mira, ya ha cargado — dijo Petrok sin dar muestra de haber escuchado al joven. — Ahora tecleamos nuestro nombre de usuario y la contraseña — mientras lo hacía, miraba por encima de las gafas a un post-it que colgaba del monitor, casi despegado — . Entonces el sistema comprueba los datos y te da acceso. ¿Ves? Ahora podemos empezar a trabajar.

— Señor, este post-it con su nombre de usuario y contraseña viola la normativa de seguridad NS-643…

— Cogemos una carpetita de esta bandeja de aquí, la de la etiqueta que dice «Entrada», ¿ves? La abrimos y vemos lo que se nos pide.

Yuma miraba atónito al viejo.

— Por ejemplo, este. A ver… PDP-951687654. Esta es de mis favoritas, ahora verás. Lo primero es introducir este comando en la consola y ahora le decimos al sistema las coordenadas del planeta que aparecen en este apartado de aquí — Petrok señalaba un folio de la carpeta que había cogido. Yuma decidió que sería mejor prestar atención a lo que el viejo funcionario le decía, en vista de que no le hacía ni caso.

El sistema parpadeó unos segundos mientras cargaba y la pantalla cambió para mostrar un esquema, muy básico y en el mismo verde que todo lo demás, del planeta al que hacía referencia la petición. A la izquierda del rudimentario modelo tridimensional se mostraban datos técnicos del planeta, como su volumen, densidad, radio de su órbita alrededor de su estrella. A la derecha, se mostraba información interna con la que trabajaban en el ministerio. Petrok dio un sorbo al café.

— Ey, conozco ese planeta — comentó Yuma, animado. — Estuve ahí de vacaciones hace unos años.

— Bien, ahora, como es una orden PDP, tecleamos este comando en la consola. Como es una orden de destrucción…

— Espera, ¿qué? ¿Vamos a destruir Paraíso? — Los ojos de Yuma amenazaban con salirse de sus órbitas.

— Eso es lo que significa PDP: Procedimiento de Destrucción de Planetas. Ahora, una vez tecleado el comando, el sistema nos pide confirmación…

— ¡Pero no podemos destruir un planeta así como así! ¡Y menos uno tan bonito! ¡Y desde una fría consola, como si no importara!

— ¡Ay, la juventud, cómo sois! Claro que no importa, el universo está lleno de planetas, y estos, de gente que sobra. Y las explosiones de planetas son preciosas, como el cuatro de julio pero a lo grande. Y si alguien ha solicitado destruir este será por un buen motivo. Mira — volvió a señalar la ficha de la solicitud — , aquí consta el solicitante y el motivo. «Solicitante: Sergei Kosikov. Texto de la solicitud: [Traducido automáticamente del ruso] No gusta nada pinta de esta planeta, y año pasado denegaron visado para viaje.». Y aquí está el sello del ministro, validando la solicitud. ¿Ves? Todo en orden.

— Pero ese planeta está lleno de gente. ¡Y de hermosas criaturas! No podemos destruirlo. Además, ¿ese tal Kosikov no es el magnate ruso que compró Marte hace poco para convertirlo en destino vacacional de lujo?

— Eso no nos concierne, eh… becario. Está sellado por el ministro, así que cuando el sistema nos pide confirmación pulsamos la tecla «Y»…

— ¡No! — gritó Yuma al tiempo que se levantaba del asiento como movido por un resorte. — ¡No puede ser!

— … y empiezan los fuegos artificiales.

A toda prisa, con manos temblorosas, Yuma sacó del bolsillo derecho del pantalón el trozo de plástico transparente que era su ordenador personal. Tecleó como un loco en la pantalla hasta abrir en una mitad el canal de noticias de última hora y, en la otra mitad, la red social Tuistah. Los titulares y mensajes de usuarios se deslizaban casi cada segundo para dar paso a otros más recientes. Una lágrima se deslizó por su mejilla cuando empezó a leer confirmaciones de que el planeta Paraíso acababa de ser destruido por el ministerio que le daba trabajo desde aquella misma mañana.

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