Ejercicio: Corazón roto

En este ejercicio había que coger una metáfora y utilizarla de forma literal, haciendo que fuera el centro del relato. Además, tenía que ser un relato cerrado. A ver qué os parece 🙂

Cuando su última relación terminó, Miguel notó algo romperse en su interior. Se fue a casa y llamó a Marta, su hermana, que estaba en el último año de sus estudios de Imposición de manos en la Universidad Mágica, y le pidió que viniera. Ella le recomendó acudir al hospital, pero Miguel se negó: le daba demasiada vergüenza que vieran su corazón roto. Así que al final consiguió convencerla para que ella misma le abriera.

—Bueno, no es tan malo como esperaba —decía ella mientras extraía la gema roja de su pecho. —Mira.

Miguel comprobó que el enorme rubí, del tamaño de un puño, estaba resquebrajado y le faltaban algunos trozos. Le pidió que lo volviera a poner donde lo había encontrado y se olvidó del tema.

Hasta aquella noche, meses después. Miguel seguía apagado y deprimido, pero se lo estaba pasando en grande. Por una noche se estaba olvidando de sus problemas y se estaba riendo como hacía tiempo no reía. El culpable se llamaba Edu, era el hermano de uno de sus amigos, y le acababa de conocer en la noche madrileña. Hacía tiempo que no se sentía así de bien. Le miraba y pensaba… bueno, le miraba y la vida volvía a tener sentido.

—Me voy a mear, tío —le dijo Edu, interrumpiendo su discurrir.

—Vale, ¡pero no tardes!

Se alejó sonriendo, atravesando la marea de gente que abarrotaba el local. Miguel se puso una mano en el pecho y pensó que quizá ya era hora. Alzó la vista en busca de Edu y una punzada de celos le recorrió cuando le vio hablando animadamente con un chaval que se había encontrado por el camino al baño. Aquello le hizo reaccionar y se dirigió también al servicio. Llegó justo cuando Edu salía.

—Eh, ¿qué pasa? ¿Me vienes siguiendo? —Edu no perdía la sonrisa.

—Me has dado envidia.

Ambos rieron y Edu se perdió entre el gentío. Miguel entró al baño y se aseguró de que no había nadie más antes de atrancar la puerta. Se fue al lavabo y sacó la navaja plegable que siempre llevaba encima. Quizá no supiera las técnicas refinadas de Imposición de manos, pero se daba maña, no tendría muchos problemas. Se abrió la camisa y se miró en el espejo. «Hay que hacerlo, no me mires así, yo estoy tan asustado como tú.» Con la punta de la navaja dibujó las runas correspondientes y hundió la hoja siguiendo el trazado que abriera su hermana aquella noche. Sacó el corazón y lo dejó sobre la superficie de mármol blanco. «Está claro que se le da mejor a Marta, estoy dejando esto perdido de sangre» pensó. «Que se jodan, por lo caras que ponen las copas.»

Tras más de quince minutos recuperando esquirlas y colocándolas en el puzle que tenía ante sí, la gente fuera se impacientaba. Lo último que habían gritado había sonado a amenaza. Pero de pronto se calmaron y oyó una voz familiar que decía «Yo me encargo».

—¡Miguel! ¿Qué te pasa, tío? ¿Estás bien? Ábreme, anda.

Parecía Edu. Miguel no sabía qué hacer. No podía dejar que le viera así, podría ser el fin.

—¿Necesitas ayuda? Venga, tío, déjame entrar, y te echo un cable con lo que sea.

Abrió la puerta unos centímetros y se aseguró de que era Edu. Entonces sacó un brazo y tiró de él hacia el interior del baño de caballeros. Volvió a cerrar y atrancar la puerta haciendo caso omiso del griterío que se volvía a formar. Edu se había quedado congelado ante la escena. Se acercó al lavabo y observó la gema con interés.

—Vaya, no sabía nada. ¿Estás bien?

—Sí, bueno, más o menos. —Era el momento, se acabaron las tonterías. —Llevaba meses roto y he pensado que ya era hora de una puesta a punto.

—¿Ahora? ¿En el apestoso cuarto de baño de un garito de mala muerte de Chueca? —Edu hacía un amplio gesto que lo abarcaba todo.

—De pronto me pareció muy importante… —dijo Miguel ruborizándose.

—Ya veo —dijo Edu volviendo a prestar atención al corazón. —Parece que te faltan algunas esquirlas.

—Sí, es que no hay muy buena iluminación aquí y tampoco me apaño muy bien rebuscando en mi propio pecho…

—¿Me dejas?

Era lo que estaba esperando, pero al mismo tiempo le aterraba la idea. Por toda respuesta abrió la herida y apartó la mirada. Edu activó el flash de su móvil a modo de linterna y echó un vistazo. Dejó el móvil sobre el lavabo, se arremangó las mangas de la camisa, recuperó la linterna y empezó a buscar esquirlas. Miguel reparó en que Edu era casi un desconocido, y sin embargo estaban compartiendo uno de los momentos más íntimos de su vida.

—Creo que ya está, ¿terminamos el rompecabezas?

Miguel miró al lavabo y vio cuatro esquirlas de rubí de distintas formas y tamaños. No tardaron mucho en encontrar sus lugares en la gema. Al poner la última, la piedra preciosa comenzó a vibrar y a brillar débilmente, emitiendo un ligero tintineo. Cuando el brillo se apagó, la gema estaba completa, perfectamente reconstruida, como si la acabaran de pulir. Se miraron fijamente a los ojos. Edu sonreía; Miguel empezó a notar un escozor en los ojos. Bajó la vista y con una mano cogió el corazón mientras con la otra atajaba una lágrima furtiva que se lanzaba mejilla abajo. Mientras abría la incisión el corazón empezó a brillar con la fuerza del sol. Edu cerró los ojos y aún así tuvo que protegerse el rostro con ambas manos.

—Vaya, ¿siempre brilla tanto?

Miguel colocó la gema y sacó la mano. Y de pronto cayó en que no tenía con qué sujetarse el pecho hasta que le pudieran coser la herida. Edu se dio cuenta, se quitó el cinturón con el que se ajustaba los vaqueros y se lo tendió. Miguel estuvo a punto de romper a llorar de nuevo.

—Sólo cuando me enamoro —dijo, con ojos vidriosos, mientras se ajustaba el cinturón al pecho.

Ambos se sostuvieron la mirada unos segundos que se hicieron eternos.

Y entonces se fundieron en un beso tan apasionado que habría fundido una estrella.

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