Ejercicio: Viajando entre mundos

En este caso, la propuesta consistía en escribir un relato de unas 700 palabras en que un personaje viajara a otro mundo y allí se encontrara con al menos un miembro de otra raza que no hablara nuestro idioma. He de advertir de que lo tuve que escribir el último día —antes no pude por falta de tiempo— y lo terminé tan a última hora que sólo me dio tiempo a corregir una incoherencia que había detectado mientras escribía.

Espero que os guste 😉

Aquel viernes madrugué un montón, me levanté antes del amanecer. Me vestí rápidamente con la ropa que había preparado el día anterior: una camiseta negra con un dibujo de Pikachu, unos vaqueros azules rotos por las rodillas, unas deportivas cómodas, mi cazadora de cuero favorita que había adornado con algunos parches y mi gorra oficial de Ash Ketchum. Me vi en el espejo antes de salir de la habitación; parecía una entrenadora Pokémon, sólo me faltaba la Pokédex. Dejé el sobre en la cocina, dirigido a mi madre, que lo encontraría en cuanto se levantase para preparar el desayuno, y salí procurando no hacer ruido al cerrar la puerta principal.

La nota de suicidio era una mera formalidad. Nadie me iba a echar de menos y seguramente no notarían que faltaba hasta el lunes, pero no quería que la policía desperdiciara importantes recursos en buscarme como si estuviera desaparecida.

Al salir de casa saqué el móvil del bolsillo trasero de los pantalones y abrí el Pokémon Go. Necesitaba una distracción que me permitiera moverme por allí sin prestar mucha atención a lo que hacía, o no iría a donde me había propuesto ir y aquel juego serviría. A cien metros de casa empezaba el camino de tierra que se adentraba en el monte y conseguí llegar hasta allí sin cruzarme con nadie. Capturando Pokémon no tardé mucho en llegar a mi destino, el punto más alto de un barranco con una caída de varios cientos de metros; desde allí se veían varios pueblos de la sierra. El paisaje era precioso y lanzarme al vacío me daba mucho miedo, así que saqué de nuevo el móvil para que me ayudara. Abrí WhatsApp y releí las últimas palabras que me había dirigido el chico que me gustaba: «xo q dices zorra una sosa como tu no podria llegar a gustarm nunk muerete bixo raro». Las lágrimas volvieron a recorrer mis mejillas y me lancé al vacío gritando.

§

Cuando desperté no podía creérmelo. Pensaba que estaba muerta y en «el otro mundo», fuera lo que fuera eso. Nada de lo que veía tenía sentido: había una especie de astro negro con una aureola de color morado que era la única fuente de luz —a parte de las estrellas, claro—; no reconocía el paisaje, ni la vegetación; había un extraño olor que no podía identificar, dulzón y picante; no se oía absolutamente nada. Entonces me di cuenta de que llevaba la misma ropa que cuando me tiré desde lo alto del monte. Consulté la hora en mi reloj y descubrí que apenas hacía media hora de aquello. No sabía qué hacer, hacia dónde echar a andar, o si el aire que estaba respirando podría ser tóxico; cada vez que respiraba me picaban la nariz y la garganta.

Seguía mirando a mi alrededor, buscando algo que me dijera en qué dirección ir, cuando una forma salió de entre unos arbustos. Era mitad lobo mitad humano y, por la forma de vestir, diría que pertenecía a alguna tribu primitiva. Llevaba colgantes y pulseras con pequeñas cuentas que chascaban y claqueteaban, y un taparrabos que le llegaba casi hasta la rodilla. En la mano derecha portaba un bastón que parecía un tronco de un árbol muy pequeño. El bastón era un poco más alto que el hombre lobo —y él medía más de metro ochenta— y tenía el grosor del mango de una raqueta de tenis. En cuanto aquel ser se percató de mi presencia empezó a gruñir, mostrando unos dientes largos y afilados, con el pelo del lomo erizado. Empecé a temer por mi vida. Me puse de rodillas y junté las manos en gesto de plegaria.

—Señor, no sé qué ha pasado, no sé dónde estoy —le dije.

A modo de respuesta, redobló su temible gruñido y me apuntó con el bastón. Entonces apareció otro hombre lobo que, a parte de collares y pulseras, llevaba puesta una especie de túnica. También llevaba algo en la cabeza que parecía una tiara de madera. El nuevo lobo era bastante más grande que el anterior, pero más ágil de lo que cabría pensar. Al ver la escena, dio un pequeño saltito y se colocó entre el que me amenazaba y yo. Le dijo algo al otro con una mezcla de ladridos y aullidos y apartó el bastón al tiempo que señalaba al cielo. El primer lobo miró al mismo punto del cielo que señalaba el otro y luego me observó con los ojos muy abiertos.

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