Ejercicio: Princesas

En este ejercicio teníamos que escribir un relato completo de unas 1000 palabras en que de pronto tres princesas fueran a heredar un reino. Cada princesa debía tener a su vez tres pretendientes. Podían ser princesas en un relato tipo Edad Media o también podías hacerlo de ci-fi, quizá en una Space Opera. A mí me pareció que eran demasiadas princesas y pretendientes para 1000 palabras, de modo que decidí recortar y quedarme con una princesa y sus tres pretendientes.

Me puse a escribir este texto el mismo viernes que tenía que entregarlo, con tiempo de sobra —o eso creía yo. Me pareció que la idea que se me había ocurrido iba a quedar demasiado larga pero, como otras veces eso me ha impedido escribir, en este caso elegí seguir adelante y ver qué salía. El resultado final son más de 3000 palabras y algún pretendiente más de los planeados. Ah, y terminé de escribirlo más o menos una hora después de la hora a la que tendría que haber salido de casa. Entre en «la zona» como dicen por ahí y, cuando me quise dar cuenta, ya no llegaba a clase.

¡Espero que os guste!

—Tenéis que contármelo todo, inmediatamente, princesa —Dushka paladeó especialmente esta palabra. —Con todos los detalles, no os dejéis nada.

Dushka, hija de uno de los vasallos del rey, era probablemente la mejor amiga de Alana. Había acudido a la invitación del banquete real en el que se presentarían los pretendientes de Alana, futura reina ahora que su padre acababa de fallecer de una extraña enfermedad. El banquete estaba a punto de terminar y se acercaba la hora del baile, por lo que Alana se había retirado a sus aposentos para cambiarse de vestimenta.

—Como deseéis, pero en realidad no hay mucho que contar —dijo la princesa con una sonrisa que le iluminaba el rostro. —¿Por quién queréis que empiece?

Alana se sentó en la cama, pero Dushka no dejaba de moverse por la habitación.

—Lo primero que me gustaría saber es si ese Lord Mörka se os ha dirigido. Me dan escalofríos solo con verle.

—Se acercó durante el banquete para darme el pésame y poco más. Muy correcto, muy frío. Creo que después de eso no me ha vuelto a mirar y se ha dedicado a beberse nuestro vino. No le he visto probar bocado en toda la noche.

—¿No ha intentado ganarse vuestra mano? —Dushka estaba sorprendida. —Pensaba que tenían problemas de dinero y desde luego casarse con vos sería una solución.

—Ni siquiera ha mostrado interés. Sospecho que está muerto por dentro —dijo Alana, con una entonación muy tétrica, y ambas se rieron.

—Bueno, pues contadme sobre los demás —pidió Dushka mientras se arrodillaba a los pies de su princesa.

—El primero que ha venido ha sido el Lord Preston, antes de que empezara el banquete. Es muy apuesto, ya le conocía. Cuando su familia compró terrenos en el valle para construirse un nuevo palacio se presentaron formalmente ante mi padre. No ha parado de hablar sobre cómo reformaría el castillo de mi padre y de lo felices que seríamos con nuestros hijos. No menos de cinco.

—No suena mal y es muy guapo.

—Lo es, guapo y fuerte, hábil con la espada y verlo montar a caballo es un placer para la vista, con esa melena morena… Espero que se gane el favor de mi madre —añadió, con un cierto brillo de esperanza en los ojos. —El siguiente en acercarse a hablar conmigo ha sido el hijo del Lord Femille.

—Ah, sí, me ha llamado la atención cuando ha entrado. Viste un conjunto exquisito.

—Lo sé, yo también me he fijado y se lo he dicho. Se ha ruborizado un poco y ha murmurado, mirando hacia otro lado, que él mismo lo había escogido. Es muy joven, más que yo.

—Eso quería preguntaros, porque me lo había parecido. ¿Qué edad tiene?

—No llega aún a los catorce. Ese es su principal problema, para mí. Creo que eso explica su constitución débil y delgadez. Aún tiene que crecer. Cuando le colocas junto a Lord Preston, con sus veintiséis años y ese cuerpo tan bien torneado…

—Vale, vale, me queda claro quién es vuestro favorito. Parad antes de que me ahogue en vuestras babas.

—Oh, cómo osáis —dijo Alana, haciéndose la ofendida, para después romper a reír. —En cualquier caso, este jovenzuelo no parecía muy interesado en ganarse mi mano. Parecía estar allí por obligación, seguramente obedeciendo órdenes de su padre.

—No entiendo cómo podría no desearos, princesa —comentó Dushka mirándola muy fijamente. Alana se revolvió incómoda y cambió de postura, alejándose un poco. No era la primera vez que Dushka hacía un comentario fuera de lugar como aquel y nunca le gustaba.

—Por último, el borracho de Lord Wyck. Se ha acercado durante el banquete en un momento en que mi madre no estaba y se ha sentado en su lugar. Estaba claramente ebrio y no ha parado de insinuarse de forma asquerosa. Me ha recordado que había enviudado hacía pocos meses y ha afirmado que de todos mis pretendientes él era el mejor. Sin embargo, yo, mientras él hablaba, sólo podía fijarme en su incipiente calva, su enorme barriga, sus ojos rojos y vidriosos, y esa babilla roja que le caía por la comisura de la boca y que había dejado varias manchas en su jubón.

—Ese hombre es asqueroso.

—Sí, pero temo que sea el elegido por mi madre para casarse conmigo.

—¿Por qué iba a hacer semejante cosa? —Dushka casi se había puesto en pie de pura indignación.

—Porque sobre el papel, es el mejor pretendiente. Su familia es la más rica, después de la mía, claro. Además, ya tiene cierta experiencia gobernando que Lord Preston, que apenas hace unos meses que sucede a su padre, no tiene. Bueno, y hay otra cosa, pero —se mordió el labio y miró alrededor, como buscando espías en sus aposentos —no sé si debo contároslo.

Dushka se puso en pie de golpe y prácticamente se arrojó sobre Alana.

—Oh, vamos, no seáis malvada.

—Está bien, está bien. Pero este conocimiento no puede salir de aquí.

—Lo juro sobre el honor de mi familia. Que no somos muy ricos, pero sabemos guardar secretos.

—De acuerdo… El Lord Wyck andaba cortejando a mi madre desde hace tiempo —los ojos de Dushka se abrieron tanto que Alana temió que se le fueran a caer encima. —Una noche en que mi padre se encontraba de viaje les oí en la alcoba de mis padres. Estaban claramente a punto de cometer adulterio, y hablaban de cómo ellos dos serían mucho más felices juntos que con sus correspondientes esposos. Mi madre estaba de acuerdo, pero lamentaba la buena salud de ambos. Sospechosamente, la esposa de Lord Wyck murió a las pocas semanas.

Dushka pegó otro bote y se quedó sentada al borde de la cama con la mirada perdida. «No me lo puedo creer», murmuró.

—Son solo sospechas y conjeturas, pero temo que asesinara a su propia esposa para demostrarle a mi madre que iba en serio y que ahora mi madre haya cumplido con su parte. Pero, claro, para no levantar sospechas, me van a casar a mí con él, aunque lo que en realidad quieren es poder estar juntos.

—Dios mío… —dijo Dushka mientras se santiguaba. —¿De verdad creéis que vuestra madre ha podido acabar con el rey?

—No sé qué pensar, pero mi padre gozaba de buena salud hasta hace unos días. Y ha empeorado rápidamente, de una extraña enfermedad que nadie ha sabido identificar. Es todo muy sospechoso.

§

En ese momento alguien llamó con fuerza a la puerta de los aposentos y ninguna de las dos jóvenes pudo reprimir un grito de terror. La puerta se abrió violentamente y uno de los miembros de la guardia real atravesó el umbral espada en mano. Alana y Dushka se abrazaron pensando que había llegado su muerte.

—¿Qué ocurre, princesa? —Gritó el guardia, con voz atronadora, escudriñando la habitación en busca de amenazas.

Alana y Dushka se separaron mientras el hombre no miraba y la princesa se bajó de la cama.

—No ocurre nada, sir Judd. Nos habéis asustado al llamar, eso es todo —dijo ella, con ambas manos en el pecho, como intentando evitar que su corazón huyera de un salto.

—Lo siento, mi lady. No era mi intención asustaros. Tan solo veía a comunicaros que vuestra madre os reclama. El baile está a punto de dar comienzo.

—Está bien, gracias, en seguida bajamos —respondió Alana, más tranquila. —Podéis retiraros.

Sin añadir nada más, el caballero envainó su espada, se cuadró, hizo una leve reverencia y se marchó cerrando la puerta tras de sí.

§

Las jóvenes eligieron un vestido a toda prisa y Dushka ayudó a su princesa a ponérselo. Bajaron al salón y Alana fue a ocupar su puesto junto a su madre mientras Dushka volvía al banco en el que se sentaba su familia. La reina regente hizo un gesto a la banda de música que empezó a tocar y el baile dio comienzo. Rápidamente Lord Preston se acercó a pedirle el baile a Alana y esta aceptó encantada. Sin embargo, antes de que acabara la pieza, un estruendo procedente del patio del castillo atrajo la atención de todo el mundo.

Uno de los guardias de palacio entró corriendo en el salón gritando que un enorme dragón negro les estaba atacando. Según relató, empapado en sudor y sangre, y tratando de recuperar el aliento, la bestia había aparecido de pronto y había comenzado a incendiarlo todo a su paso. Los pocos arqueros apostados en las murallas del castillo no habían podido hacer mella en la gruesa piel escamada y pronto todos estaban muertos. Era imparable.

En ese momento las enormes puertas, de más de tres metros de altura, que daban acceso al salón desde el patio interior, volaron por los aires seguidas de un fuego azul que se extinguió en seguida. De entre el humo y los trocitos de madera que llovían en todas direcciones surgió el Lord Mörka, enfundado en una armadura negra esmaltada, sin yelmo, y sosteniendo en la mano derecha una espada bastarda cuya hoja, también negra, estaba envuelta en una llama de un azul pálido.

Sin que hiciera falta dar la orden, los guardias reales se lanzaron a por el enemigo. Uno a uno fueron cayendo sin remedio. La poderosa espada mágica cortaba metal, madera, carne y hueso como si solo atravesara el aire. Tras la cruenta escaramuza, yacían a los pies del caballero negro una docena de cadáveres. Los guardias no habían conseguido ni rozar al Lord Mörka. Los distintos charcos de sangre sobre los que descansaban los cadáveres mutilados se fundieron en uno solo y el Lord hundió la hoja negra en él, que prendió como si se tratara de brea. En cuestión de segundos los cadáveres, la sangre y los restos de armas y armaduras se consumieron sin dejar rastro. Las llamas, que en lugar de calor emanaban frío, se deshicieron poco a poco y bajaron tanto la temperatura del salón que la condensación del ambiente empezó a caer en forma de diminutos copos de nieve.

Todo el mundo se encontraba aterido de frío cuando el caballero negro empezó a caminar en dirección a la princesa. Al fondo, tras él, se podía ver la enorme cabeza del dragón ocupando todo el umbral de las puertas destrozadas, como si no quisiese perderse detalle de lo que estaba a punto de ocurrir. El Lord Preston salió al encuentro de Mörka, con su sable desenvainado. Se colocó entre el caballero negro y la princesa y apuntó al asesino con su espada.

—Para llegar hasta ella, tendréis que acabar conmigo primero —amenazó Preston.

—¡No, Lord Preston! ¡Os matará! —Gritó la princesa que lloraba la muerte de su guardia.

Por toda respuesta, Mörka levantó su espada hasta tocar la de Preston. El lugar donde el sable fue tocado se congeló al instante y el hielo se extendió con rapidez por toda la hoja, hasta llegar a la guarda ornamentada que cubría el puño de Preston. El joven acercó la hoja a su rostro para examinarla y el caballero negro golpeó de nuevo y la hoja se resquebrajó y partió en docenas de trozos. A continuación, y ante la incrédula mirada de Preston, Mörka lanzó un estoque al pecho de su contrincante que lo atravesó de parte a parte. El asesino extrajo su espada de la herida y el joven cayó de rodillas, con una mano presionando la hendidura, como si con ese gesto pudiera evitar su final. Sin embargo, como ya ocurriera con su espada, la herida se escarchó y el frío se extendió rápidamente por todo su cuerpo. Preston murió congelado, de rodillas, sin poder creérselo.

El caballero negro continuó su avance hasta que se encontró ante la princesa. Lo único, a parte de Mörka, que se movía en el salón eran los copos de nieve que seguían cayendo tímidamente.

—Mi reina —dijo Mörka, proyectando su voz para que todo el mundo pudiera oírle, —me presento ante vos para pediros la mano de vuestra hija.

—Cómo os atrevéis… —respondió Lord Wyck desde su asiento, rojo como un tomate. Con cierta dificultad se puso en pie y se acercó tambaleándose al caballero negro. —Entráis aquí, con vuestra espada desenvainada, acabáis con toda la guardia real y con ese pobre bufón, ¿y ahora pretendéis casaros con la princesa Alana?

Mörka se giró hacia Lord Wyck, que se había quedado a distancia suficiente como para que la espada bastarda no pudiera alcanzarle.

—Ese joven era demasiado inexperto como para venceros en un duelo, pero yo —decía Lord Wyck mientras pugnaba por sacar su espada de la vaina, —yo soy un espadachín experimentado. Y os voy a dar una lección.

Cuando Wyck consiguió desenvainar adoptó la versión ebria de una pose de guardia, para enfrentarse al caballero negro. Pero Mörka decidió que era momento de mostrar otra de las capacidades de su espada mágica. Cogió la empuñadura con ambas manos y la llama de la hoja dobló su tamaño. A continuación dio un mandoble en diagonal, de arriba abajo y de izquierda a derecha, con gran fuerza y precisión. La llama azul se desprendió de la hoja en dirección a Wyck, convertida en una llamarada con forma de media luna, que atravesó el cuerpo del Lord, partiéndolo en dos. La gente que se encontraba detrás de Wyck salió corriendo, gritando de terror, hacia el otro extremo del salón. La llama continuó su avance, consumiéndose poco a poco, hasta que desapareció en el aire. Mörka se giró de nuevo hacia la princesa y enfundó su espada. Los copos de nieve seguían cayendo, aunque no en cantidad suficiente como para cuajar.

—Bien, —volvió a decir, alzando la voz, —si no me equivoco, no queda nadie más que se oponga a este matrimonio. ¿Verdad? —Añadió, señalando al hijo del Lord Femille, que por toda respuesta apartó la mirada. —Eso me parecía —sentenció, con un tono amenazador.

A continuación, dio dos palmadas que resonaron por toda la estancia. La cabeza del dragón se hizo a un lado y por lo que quedaba de la puerta entró un monje de hábito negro, con una capucha que le tapaba la cara por completo. Andaba con paso ligero, con las manos delante del cuerpo sosteniendo el libro sagrado. El monje iba escoltado por dos enormes caballeros con sendas armaduras también negras.

—Qué suerte la mía, un monje por aquí en este momento tan propicio —dijo Mörka con una media sonrisa sardónica. —Ven aquí, cariño —dijo, dirigiéndose a la princesa. —Y trae a tu madre también.

Alana no se movía, no podía creer lo que acababa de ocurrir. Su mirada iba del cadáver de Lord Preston, que seguía allí de rodillas, congelado, al de Lord Wyck, partido en dos en el suelo. Fue su madre la que reaccionó, cogiéndola por el brazo.

—Vamos, Alana, cielo, será mejor no hacer esperar a este hombre.

Las dos mujeres se colocaron junto a Mörka, Alana a su izquierda y su madre junto a ella. Las lágrimas no dejaban de caer por las mejillas de la princesa. Mörka hizo una señal al monje y este empezó con la ceremonia. Todo el mundo observaba la escena desde dondequiera que se hubieran quedado petrificados. Alana estaba con la mirada perdida, sin escuchar nada de la letanía del monje.

Y de repente lo vio todo claro y se imaginó cómo serían los próximos años de su vida. Vio dolor e infelicidad. Para ella y para su reino. Miró a su alrededor y solo vio terror en los rostros helados de sus invitados. Y entonces decidió que no podía permitirlo. Abrazó la cintura del caballero negro con su brazo derecho y él la miró, un poco sorprendido. Ella le ofreció su mejor sonrisa y él pareció calmarse y volvió a centrar su atención en el monje que seguía leyendo, aunque le dio un golpecito en la mano que descansaba en su cadera, dándole a entender que no la quería allí. Era lo que ella esperaba y, cuando retiró su mano, empujó a Mörka mientras con la mano izquierda agarraba el mango de la espada mágica. Al desenfundarla, la hoja volvió a encenderse con aquella llama de fuego azul pálido. Todos se sorprendieron, empezando por los invitados al banquete y terminando por el propio Mörka, que la tomaba por una princesita dulce y sumisa. Alana también se sorprendió de lo ligera que era la espada bastarda que sostenía con la mano izquierda. La movió a izquierda y derecha, se la cambió de mano y lanzó unos tajos al aire. Mörka no se atrevía a moverse, seguía petrificado y una gota de sudor le caía por la sien. Entonces Alana empezó a sentir el poder de la espada y a oír una voz en su mente. La voz le hablaba de poder y le mostraba un futuro diferente: uno en el que ella reinaría en soledad y sería temida por sus súbditos. Sus ojos, de un bonito color miel empezaron a volverse azules. Un azul pálido, igual al de los ojos de Mörka. Y su larga melena color caoba empezó a blanquear lentamente, de la raíz a las puntas, al tiempo que todos los bucles y rizos se alisaban.

Alana se quedó mirando la espada, admirando el movimiento de la llama azul. A continuación fijó su mirada en el caballero negro.

—Pensad bien vuestro próximo movimiento —amenazó Mörka. —Aún no conocéis el poder de la espada, no es tan fácil de manejar.

—Oh, no os preocupéis por mí. Tan solo tengo una pregunta antes de mataros. ¿Fuisteis vos quien acabó con la vida de mi padre?

Todo el salón reaccionó con un «ooh» de sorpresa ante aquella insinuación. Se pensaba que la muerte del rey había sido por causa natural, ni siquiera había rumores de que pudiera haber sido asesinado. Tan solo Alana había sospechado, aunque quizá de la persona equivocada.

—Habéis venido muy preparado al banquete. Y de todos los posibles pretendientes habéis sido el único que no ha intentado ganarse mi mano. Porque sabíais que no os hacía falta, teníais al dragón y la espada de vuestra parte. —Alana hizo una pausa en la que se quedó mirando al infinito por un momento. —Vaya, la espada confirma mis sospechas.

El caballero negro se abalanzó sobre Alana para intentar quitarle la espada, pero ella reaccionó con presteza. Dio un paso a la derecha a la vez que un tajo de la espada mágica. Mörka cayó al suelo, muerto, en dos tiempos y dos trozos. Alana se giró hacia el monje y su escolta.

—Fuera —susurró.

Las tres figuras se convirtieron en ceniza y se desvanecieron en el aire.

—Creo que va a ser un reinado interesante —murmuró Alana mientras sopesaba la espada en su mano.


Imagen de cabecera: Pixabay

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