Crisis existencial

Hay momentos en la vida de personas como yo (hay gente que no se come tanto la cabeza y se conforma con lo que tiene) en que de pronto te paras. En mi caso se debe a que lo que hace unos años parecía una pista de despegue hacia un mundo mejor, con más dinero y felicidad, se ha convertido poco a poco en un barrizal que dificulta el movimiento. Es increíble cómo cambian las cosas y lo que hace 10 años eran verdades inmutables («nada puede deprimirme», «el trabajo no afecta ni nunca afectará a mi vida personal») de pronto cambian y te dan de hostias. Con mazas de construcción. Al final la perspectiva laboral se volvió tan mala (porque el sector informático en España es una mierda pinchada en un palo) que me deprimió. Y llega un punto en que ya no puedes más, el barro te llega por la cintura y estás cansado y dolorido (y gordo). Te refugias constantemente en tu arte y escribes y dibujas, pero no puedes escapar de la realidad laboral porque tienes que echar 40 horas a la semana en algo que ya no te motiva.

Estas crisis existenciales son esos momentos en que ya no aguantas más y paras y te replanteas las cosas. Hay quien, para superarlas, se hace un tatuaje, se compra una moto de tipo duro o se agencia un deportivo. Yo, en cambio, soy más introspectivo y lo que busco es una manera de arreglar el problema de base para no tener que volver a lidiar con él dentro de unos años. Quizá la solución genere otros problemas, pero al menos serán nuevos y estaré motivado para enfrentarme a ellos. Espero.

Y, a parte de para buscar soluciones razonables y factibles, ese momento de pausa te sirve para mirar a tu alrededor y ver en qué situación te encuentras. En lo personal, a parte de una serie de palos que no cesa, miras y lo que ves es esto:

Y comprendes que esa es la razón de que no te hayas vuelto loco o te hayan dado ganas de pegarte un tiro. Tienes una familia que te quiere y te espera en casa al llegar a la oficina. Tres perrhijos Bulldog inglés que te arrancan una carcajada cuando menos te lo esperas y una mujer que te roba besos en cualquier momento. Y aunque algunas cosas hayan salido mal sabes que la relación es fuerte y será duradera porque está construida sobre unos pilares duros como vibranium: amor, respeto, comprensión, comunicación. Y aunque cambiarías algunas cosas de tu vida personal (como la casa) tienes claro que no cambiarías la compañía por nada del mundo. Y, en el fondo, ¿no es eso lo que importa?

Es esa comprensión y ese respeto lo que permiten que cada uno dedique tiempo a proyectos personales sin menoscabar la relación, sin que se pierdan esos momentos juntos que tanto nos aportan. Y esos tres perrhijos llenan nuestra vida como quizá no podría hacer nuestro propio hijo biológico. Y caes en la cuenta de que, aunque hayas abandonado ideas caducas sobre el amor romántico y ya no creas en el amor eterno e incondicional, lo que tienes con ella es lo más parecido. Y con eso basta. La quieres con cada fibra, cada átomo, de tu cuerpo; y sabes que es mutuo. Sólo tienes que perderte en esos ojazos oscuros, echar un vistazo a lo que hay al otro lado, para confirmarlo.

Y hoy 30 de noviembre se cumple un año del día en que nos acercamos a un juzgado a firmar que nos queremos. Como si hiciera falta. Pero era necesario porque en esta sociedad que nos ha tocado no les vale con esas miradas de complicidad para poder entregarse en cuidarse el uno al otro en caso de enfermedad. Ellos quieren que firmes un papel para estar seguros de que el amor es de verdad y entonces, sólo entonces, te permiten faltar al trabajo en caso de que ella esté enferma o… algo peor. Así que, aunque no quieres, porque no crees en el matrimonio, vas, y firmas, y te acompaña la familia, y al día siguiente lo celebras con otros pocos familiares y amigos. Porque se hacen sacrificios por la persona a la que amas.

Y yo la amo.

😍❤️

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