Ejercicio: Princesas

En este ejercicio teníamos que escribir un relato completo de unas 1000 palabras en que de pronto tres princesas fueran a heredar un reino. Cada princesa debía tener a su vez tres pretendientes. Podían ser princesas en un relato tipo Edad Media o también podías hacerlo de ci-fi, quizá en una Space Opera. A mí me pareció que eran demasiadas princesas y pretendientes para 1000 palabras, de modo que decidí recortar y quedarme con una princesa y sus tres pretendientes.

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Ejercicio: Viajando entre mundos

En este caso, la propuesta consistía en escribir un relato de unas 700 palabras en que un personaje viajara a otro mundo y allí se encontrara con al menos un miembro de otra raza que no hablara nuestro idioma. He de advertir de que lo tuve que escribir el último día —antes no pude por falta de tiempo— y lo terminé tan a última hora que sólo me dio tiempo a corregir una incoherencia que había detectado mientras escribía.

Espero que os guste 😉

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Ejercicio: Corazón roto

En este ejercicio había que coger una metáfora y utilizarla de forma literal, haciendo que fuera el centro del relato. Además, tenía que ser un relato cerrado. A ver qué os parece 🙂

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Ejercicio: Ovoterrorismo

En este ejercicio teníamos que escribir unas 700 palabras sobre un personaje que llega a un puerto espacial desconocido y tiene allí una tarea. Había que narrar la llegada de forma que se pudiera imaginar sin problemas y practicando lo que habíamos aprendido sobre continuidad. ¡Espero que os guste!

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Ejercicio: Deleznables

El ejercicio consistía en crear un personaje principal deleznable con el que el lector no pudiera identificarse, y un secundario con el que poder empatizar. Os dejo con el microrrelato, a ver qué os parece.

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Ejercicio: Fantasía épica (Mundo Caos)

Mundo Caos, creado colaborativamente entre todos los alumnos

Esta semana os traigo el primer ejercicio de mi curso de Literatura Fantasista Avanzada, de la Escuela de Escritores. Este año me lo estoy tomando realmente en serio y tengo intención de compartir lo que escriba cada semana para el curso.

En este caso para el ejercicio teníamos que crear un mapa para un mundo inventado entre todos. Lo que salió es la imagen que podéis ver encabezando la entrada. La profesora, Inés Arias de Reyna, lo bautizó Mundo Caos por motivos obvios. Con ese mapa en mente teníamos que escribir un microrrelato con un personaje que hiciera un viaje, superando obstáculos y pasando por al menos dos localizaciones del mundo, y englobado dentro de la épica fantástica. Os dejo con mi texto. Espero que os guste, me salió un poco pratchettiano.

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Allez-hop


Actualización: Al traerme la entrada a Medium he tenido que cambiar un poco la idea original.

Con esta entrada voy a inaugurar un nuevo tipo de post para el blog. Llevaba un tiempo queriendo publicar, pero sin saber bien qué. Me cuesta sacar tiempo para escribir y, cuando lo hago, suelen ser ejercicios para el curso de Literatura Fantástica; textos que a mí me parecen relativamente buenos, pero que después de recibir las críticas de compañeros y profesores resultan no serlo tanto. Y casi nunca los reescribo, por lo que no me animo a publicarlos aquí al ser relatos que sé que necesitan trabajo. Pero se me ocurrió la siguiente idea: publicarlos después del aluvión de críticas y añadir anotaciones con lo que me digan en clase. Así nos sirve a todos: a mí, porque publico algo, y a vosotros, porque podéis aprender de mis errores.

He añadido subrayados y comentarios:

  • Subrayado: palabras repetidas en poco espacio.
  • Subrayado + comentario: esto indica que he dejado una anotación al respecto, probablemente por algún error cometido.

Y, con esta entrada, doy el pistoletazo de salida a los nuevos Ejercicios:


— Por cierto, ¿cómo se os ocurre llevar un mago a la boda? Que no somos críos, eso ya no se lo traga nadie. ¡La magia no existe!

Era la mañana siguiente a la boda de su hermano y Daniel se disponía a salir al patio de la casa rural. Había pasado allí la noche, invitado por los novios, junto con los padres y la hermana de la novia y unas amigas. Su hermano, que caminaba por delante, rehusó contestarle y atravesó la puerta que daba al patio. Se agachó ligeramente — era bastante alto — para no darse en la cabeza y Daniel — un poco más alto que su hermano — hizo lo mismo. Sólo que no calculó bien — fruto probablemente de haberse confiado al ver que Raúl no tuvo que bajar mucho la cabeza, y no de las copas de la noche anterior — y se golpeó la coronilla en el marco de la puerta.

Inmediatamente cerró los ojos se llevó la mano derecha al lugar donde se había golpeado. Cuando aún veía todo de color rojo alguien dijo junto a él: “Oh, demonios”. Daniel aún estaba reponiéndose del coscorrón, pero no se había dado tan fuerte como para no notar dos cosas muy curiosas de aquella voz: en primer lugar, que no era la de su hermano y, en segundo lugar, que venía de algún lugar a su izquierda y a la altura de su cadera.

Cuando abrió los ojos lo que tenía ante él no era exactamente el patio de la casa rural. Todo era como debería ser, excepto por que no había casa rural y que el cielo, en lugar de los tonos azules de la mañana, se vestía con unos tonos verdosos que no había visto nunca. Ah, y el detalle de que había un conejo blanco de más un metro de altura junto a él, de pie sobre sus patas traseras y tirándose de las largas orejas como si quisiera arrancárselas.

— No deberías estar aquí, ¿qué demonios haces aquí? — inquirió el conejo, visiblemente agitado.

Daniel, aún perplejo, se masajeaba la zona del golpe mientras se preguntaba si no tendría una conmoción.

— Oh, cielos, ¿te has golpeado la cabeza? ¿Con mucha fuerza?

— Más de lo que yo pensaba, parece, aunque no duele tanto.

— Maldita sea, esto ya lo he visto antes. ¿Atravesabas algún tipo de umbral cuando ocurrió?

— Una puerta, sí. ¿Cómo…?

— Oh, qué desgracia. Y en un momento como éste. Has tenido mala suerte, está claro. Bueno, yo me tengo que ir, ya lo siento.

El conejo se giró y se disponía a alejarse cuando la mano izquierda de Daniel le retuvo agarrándole de una de las patas delanteras.

— Espera, espera, ¿qué?

— ¡Suéltame, no tenemos tiempo, mira ese cielo! A esta dimensión no le quedan más de dos minutos, hay que irse. — La mirada de Daniel había pasado de la incredulidad a la exasperación y el conejo pensó que quizá si se lo terminaba de explicar le dejaría libre. —Esta es una estación de paso, los saltadores las creamos para movernos a dimensiones que están demasiado alejadas entre sí. Y ésta ya está desapareciendo, ¿ves?

El conejo había señalado con su patita libre en dirección al horizonte, donde la mirada de Daniel se cruzó con una negrura que avanzaba hacia ellos devorando todo a su paso.

— Es ciertamente infortunado que hayas descubierto justo ahora, y de esa forma tan desagradable, que eres un saltador, pero no puedo hacer nada por ti. No puedo llevarte conmigo, pesas demasiado. Tienes que saltar por ti mismo. Y, desde luego, no hay tiempo para enseñarte. Lo siento, grandullón. ¿Me sueltas para que al menos yo sí pueda salvarme?

— ¿No puedes darme un curso acelerado o algo?

La desesperación en la voz del humano ablandó un poco al conejo, que intentó resumir en unos segundos lo básico de la teoría sobre los saltos interdimensionales. Se le daba bien hablar rápido. Mientras explicaba, se quitó el colgante que llevaba y se lo dio a Daniel.

— ¿Entonces, si hago eso que dices y me golpeo igual de fuerte debería ser capaz de… eh, cómo lo has llamado? ¿Saltar?

— Sí. ¡Buena Suerte!

El conejo se dio media vuelta y dando saltitos a cuatro patas desapareció tras unos arbustos. Daniel se acercó a un árbol y sujetó con ambas manos una rama para tenerla a su alcance. Echó un vistazo a la negrura que se acercaba, para calcular a ojo cuánto tiempo tenía. A continuación, tal como le había explicado el conejo, visualizó en su mente el lugar al que quería saltar — el maldito patio de la casa rural — y concentró todo su ser en aquel sitio. Cuando pensó que ya lo tenía, le lanzó un buen cabezazo a una rama del árbol para volver a darse en el mismo sitio.

— ¿Qué has hecho? — Preguntó la voz familiar de su hermano, sin poder aguantar la risa.

Daniel se masajeaba el lugar del coscorrón y le pareció notar algo húmedo. Se acercó el dedo para mirarlo bien y vio un poco de sangre.

— No he calculado bien al pasar por la puerta.

En su mano izquierda aún apretaba con fuerza el cristal de obsidiana que el conejo le había dado para ayudarle a canalizar la energía del salto.


Además, de lo que ya he marcado en el texto, me hicieron los siguientes comentarios:

  • No queda claro que el conejo le da el colgante de obsidiana para ayudarle a saltar.
  • Al hablar al principio de un mago y aparecer más tarde un conejo, se establece una relación entre ambos que yo no buscaba.
  • No es buena idea utilizar un conejo como el que he metido para este tipo de personaje porque por sus características (el tamaño que tiene, el que sea blanco, el que sea nervioso) lleva a pensar en el conejo de Alicia en el País de las Maravillas. Yo lo hice a modo de guiño porque era un ejercicio de clase, pero entendí que debo tomarme más en serio estos textos y escribirlos como si los fuera a publicar. La profesora sugirió cambiar el conejo por un canguro, lo que no me parece mala idea, dado el tema de los saltos.
  • El simple hecho de hablar de “dimensiones” puede llevar al lector a pensar en ciencia ficción y cargarse la atmósfera de fantasía, que era lo que yo en realidad buscaba. En mi cabeza los saltos tienen un origen totalmente mágico, pero es cierto que esa palabra en concreto puede tener esa connotación de ciencia o tecnología que no era lo que yo pretendía.

Mezclando conceptos

El viernes empecé un nuevo curso en la Escuela de escritores. Algunos recordaréis que el año pasado estuve haciendo el primer curso del Itinerario de novela. El caso es que la teoría me gustó, pero el curso en sí no lo suficiente como para seguir. Sobre todo porque me sentía bastante fuera de lugar. Al terminar el año lectivo en la escuela me dije que al año siguiente, si me veía con ánimos, haría el curso que tenían sobre Literatura fantástica. Ahí estaría más en mi elemento.

La sorpresa fue descubrir que lo que antes era un curso ahora se ha convertido en un Itinerario de literatura fantástica, también de tres años de duración total. Y me gustó mucho la idea. De modo que el viernes lo empecé y tiene muy buena pinta.

Nos mandaron un ejercicio para hacer allí mismo. Cada uno de los alumnos tuvimos que escribir en papelitos nombres de dos seres fantásticos y luego de dos objetos cotidianos. Después, cada uno cogió un papelito de la “urna” (vaso de plástico) de los seres y otro de la de los objetos. La tarea consistía en, si podíamos, fusionar ambos conceptos en un ser único y presentarlo al resto de la clase mediante un breve relato que no tenía por qué ser redondo (es decir, no tenía por qué tener la clásica estructura de introducción-nudo-desenlace). Si los conceptos extraídos al azar eran imposibles de mezclar teníamos que hacer que al menos interactuaran. No había terminado el profesor de explicar el ejercicio cuando yo ya había empezado a escribir: lo tenía muy claro. Os dejo a continuación con el relato tal cual salió en el momento y, después, os digo los dos conceptos que me tocaron.


Ya al comprarlo tuve una sensación extraña. Necesitaba un secador para el pelo y no tenía tiempo para pararme a elegir, así que cogí uno de una marca conocida pero que no fuera muy caro. En el momento me pareció que la caja estaba caliente, pero no le di mayor importancia. Pasé por caja y subí volando a casa para terminar de arreglarme para mi cita. Lo saqué de la caja y, al enchufarlo, juro que oí un murmullo extraño. Me recordó al ronroneo de Dama, mi gata, pero más profundo. Ajusté ligeramente los controles del aparato y presioné el botón. Nada. Parecía muerto. Incluso el ronroneo gutural se había apagado. Sabía que el enchufe funcionaba porque solía poner ahí a cargar el móvil mientras me duchaba, así que tenía que ser otra cosa. Comprobé el cable y la carcasa del cacharro y todo parecía en orden. Miré al interior de la boca del objeto mientras volvía a accionar el botón y vi una pequeña bola de luz que de pronto se convirtió en una enorme llamarada de un fuego amarillo verdoso. Todo ocurrió demasiado rápido y casi no pude reaccionar. Conseguí salvar la cara, pero prendió parte de mi pelo y la cortina de la ducha. Ahora estoy sentada en el suelo del baño con parte de mi preciosa melena chamuscada y no puedo dejar de temblar. Creo que ha emitido un rugido triunfal.


Esto me salió en unos quince minutos que nos dieron para escribir y tiene ciertos fallos, pero creo que quedó bien, ¿no? Probablemente es muy evidente, pero los conceptos que me tocaron fueron dragón y secador de pelo.

¿Qué os ha parecido?