El discurso


English version

Todo empezó cuando mi hermano me pidió que escribiera algo para leer el día de su boda.

Venga, no seas rancio, hay gente que va a leer, ¿cómo no va a leer mi hermano?

Y yo pensé que tenía razón. Porque además me gusta escribir. Pero si hubiera sabido cómo iba a salir la cosa, quizá me lo hubiera tomado más en serio desde el principio.

A falta de unas dos semanas no había escrito una palabra cuando Raúl, mi hermano, me mandó un mensaje para meter presión, porque se lo debía estar oliendo. En esa conversación ya se me empezaron a ocurrir varias ideas; esto es algo que me pasa a menudo, suelo ser más creativo cuando alguien “piensa conmigo”.

Una de estas ideas, que al final deseché, era presentarme con un buen taco de folios y colocarlos sobre el atril mientras decía “Bueno, intentaré ser breve”. Menos mal que decidí no hacer esto porque al final no hubo atril y hubiera sido un coñazo tremendo cargar con los folios.

A una semana de la boda escribí en un rato el primer borrador del discurso. Para ayudarme usé un artículo de Internet en el que daban unos cuantos consejos acerca de la escritura de este tipo de textos. Cogí algunos de los consejos y deseché la mayoría porque me parecía que iban a convertir aquello en algo demasiado elaborado. Dejé que mi hermano leyera aquella primera versión y coincidió conmigo en los principales fallos. Unos días después reescribí las partes que lo necesitaban y lo arreglé un poco. El día antes de la boda volví a darle algunas vueltas y corregí algunos pequeños detalles. No sabía si el discurso estaba listo y no me parecía demasiado bueno, pero si seguía trabajando en él no iba a terminar nunca, así que aparqué la tablet en la que estaba trabajando y decidí olvidarme hasta el día siguiente.

En la mañana del día de la boda mi hermano y yo teníamos que desplazarnos para una sesión de fotos en la que los familiares y amigos “ayudaríamos a vestirse” al novio. Me aseguré de que la tablet iba conmigo en todo momento; era un poco una mezcla de “no quiero separarme del discurso” y de “ay, como me la deje en alguna parte”. Al volver a la finca de la celebración saludé a los invitados que ya habían llegado y tomamos limonada mientras esperábamos a que fueran llegando los demás. Yo seguía sin ponerme nervioso, vestido con mi traje azul marino casi negro, mi corbata verde, mis zapatos marrones y mis gemelos de cubos de Rubik. Seguían llegando invitados y cada vez estábamos más polarizados: a la sombra mi familia, la de la novia al sol.

Nos dimos cuenta de que algunos invitados empezaban a tomar posiciones en la arboleda que acogería la ceremonia y decidimos acercarnos. Esperamos hasta que la mayoría de invitados llegó y entonces la jueza de paz se arrancó, visiblemente nerviosa, con un discurso en el que se trabó varias veces. En seguida llamó a la hermana de la novia, para que se acercara a leer su discurso. Ahí empezaron mis nervios porque pensaba que yo iba después. Sin embargo, después de ella leyó una prima de la novia. Y entonces sí, llegó mi momento. Me llamaron y me acerqué por donde menos se lo esperaba la mujer que ya pensaba que yo no había acudido.

Coloqué el micrófono a mi altura, eché un vistazo a los invitados, miré a los novios y desbloqueé la tablet para empezar a leer mi discurso. Lo primero que hice fue descartar el comienzo del texto. En parte porque me parecía que no iba a resultar tan gracioso como en mi cabeza y, por otra, porque no tenía atril como había esperado. En ese inicio desechado fingía ponerme a dar un discurso político y luego pedía disculpas por haberme equivocado. Entonces improvisé, por puros nervios, un “A ver cómo sigo yo después de estos dos pedazo de discursos” o algo así y me puse a leer lo mío.

Arranqué con la mítica frase de Bilbo en su discurso de cumpleaños:

No conozco a la mitad de ustedes ni la mitad de lo que querría, y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que la mitad de ustedes merece.

Bueno, cambiando el los “ustedes” por “vosotros”, que al fin y al cabo estábamos entre familia. La idea de incluir este fragmento de El señor de los anillos no fue casual; cuando empecé a plantearme qué escribir me imaginé de pie ante los invitados y pensé que no conocería a la mitad de aquellas personas. Y, claro, esa frase vino inmediatamente a mi cabeza. El único fallo aquí fue que los nervios me impidieron fijarme en las caras que debió poner la gente al escuchar semejante trabalenguas. No recuerdo si se rieron.

Proseguí con la parte en la que hablaba del novio. Contando alguna anécdota de cuando éramos pequeños y hablando de lo unidos que hemos estado casi siempre. De vez en cuando levantaba la mirada y, ya que los nervios y la timidez me impedían mirar al grueso de los invitados, echaba ojeadas a los novios y padrinos. Y me di cuenta de que mi hermano estaba a punto de llorar. Al parecer -yo no me di cuenta-, cuando hablé de cómo jugábamos de pequeños incluso le empezó a temblar la barbilla. Luego vino la parte de la novia, sobre cuán poco la conozco todavía y la relación que nos une. Esta parte supongo que fue más graciosa que emotiva. El discurso lo cerraba un final en el que hablaba de los churumbeles por venir y mi necesidad de convertirles en frikis. Terminé de leer, le puse la cubierta a la tablet, me acerqué a besar y abrazar a novios y padrinos, y me alejé lo más rápido que pude del centro de atención.

La ceremonia prosiguió, se pusieron los anillos, se besaron y mi hermano leyó su discurso. Le quedó tremendamente emotivo porque luchaba por no romper a llorar con un nudo en la garganta que a nosotros nos puso en el estómago. Entonces los novios se fueron con los fotógrafos a hacerse fotos por la finca mientras los demás íbamos a empezar a beber y comer.

La anécdota más graciosa relacionada con el discurso fue cuando me acerqué al DJ a pedirle algo de heavy. Bueno, al menos esa era la idea de mi primo Álvaro, pero hubo que rebajarlo un poco. Supuse que si poníamos Avenged Sevenfold nos íbamos a cargar la fiesta, así que opté por algo un poco más conocido; quizá así el impacto sería menor. De modo que mi primo y yo nos acercamos al DJ, que se sonrió al verme por allí. Sorprendido, llego hasta él y me hace una seña para que pase al otro lado de su mesa, colocándome a su lado, y me dice “A ti te estaba esperando yo”. En un principio no entendía por qué podía estar esperándome, hasta que caí en que él había estado presente durante mi discurso. En la parte final, cuando hablé de los futuros sobrinos dije que “había mucho heavy metal que ponerles”. Por eso no me sorprendió que a continuación me preguntara si quería que pusiera algo de Iron Maiden. No era mala idea, pero mi primo y yo habíamos pensado mejor en algo de AC/DC. Yo le pedí Highway to Hell y el DJ me propuso un Thunderstruck; le dije que me valía cualquiera de las dos. Canción y media después sonaba AC/DC y los invitados de la fiesta se quedaron un poco sin saber cómo reaccionar.

Pero a lo largo del día bastantes personas se acercaron hasta mí para decirme que les había gustado mucho mi discurso. Las reacciones se podían resumir, mayoritariamente, en:

  • Cabrón, casi me haces llorar
  • Cabrón, cómo me has hecho llorar

Y aquello me llenó de una especie de felicidad que no había saboreado hasta entonces. Algo que había escrito yo en unos cuantos ratos sueltos, no más de media hora, había llegado bastante profundo al corazón de muchas personas. Es más, yo lo había concebido como un texto gracioso, con una referencia friki y montones de chistes y coñas, y la mayoría de la gente recalcaba lo emotivo que les había resultado hasta el punto de hacerles llorar, o casi. Ese día me di cuenta de que esto es lo que siempre he querido: escribir unas palabras y conseguir reacciones emotivas de la gente, ya sean risas o lágrimas.

Y para eso estamos aquí 😉

Porqué escribo / Why I write

Image: Power of words by Antonio Litterio

Note: English version below

Tengo una cierta necesidad de narrar historias casi desde que tengo memoria. Durante muchos años el medio elegido fue el cómic, pero a medida que fue pasando el tiempo me di cuenta de que, para hacerlo bien, tenía que dedicarle demasiado tiempo (escribir guión, dibujar, entintar, dar color, publicar…). Tengo muy claro que si hubiera podido habría entrado en una escuela de dibujo en lugar de la universidad. Pero la vida me llevó por otro camino y hace poco más de un año decidí que quería probar a cambiar de medio y retomar la escritura.

Ya de pequeño empecé a escribir un buen número de novelas, pero todas las abandonaba al llegar un punto en que me daba cuenta de que estaba, más o menos, plagiando tal o cual libro. Cuando tomé la decisión de intentar empezar a escribir novelas lo primero que hice fue apuntarme a un taller de escritura. Tras tres meses en los que aprendí algunos conceptos básicos me di cuenta de que el formato taller no era para mí: necesitaba algo con más teoría. Ahora ya he terminado un curso de novela en el que he aprendido mucha más teoría y siento que tengo todo lo que necesito para escribir.

Supongo que siempre lo he tenido, pero ahora ha aumentado mi confianza en que puedo. Pero como escribir una novela va a ser un proceso muy largo y hay posibilidades de que me dé por vencido antes — demasiada tendencia a procrastinar y cierta dificultad para terminar proyectos — , he decidido empezar por cosas más pequeñas. Mientras voy trabajando en un relato corto, aquí iré compartiendo entradas con textos aún más cortos, algo que pueda empezar y terminar en cosa de una semana. El primer mini-relato ya está terminado, sólo falta que pase por una suerte de proceso de beta-lectura.

Y para eso necesito vuestra ayuda. Si tenéis tiempo y os apetece, entrad en la página Beta-lectores y pinchad en el enlace para daros de alta. Cuando termine un nuevo mini-relato lo enviaré a todos los que estéis dados de alta en la lista de correo. Y una vez lo hayáis leído y yo haya hecho las correcciones pertinentes, publicaré el texto aquí. Es especialmente importante que, si se os da bien el inglés, me aviséis de errores que veáis, ya que no es mi primer idioma. O sugerencias de vocabulario o cualquier otra cosa que pensáis que podría hacer para mejorar la versión en inglés 😉

Y luego, cuando publique cada entrada, seáis beta-lectores o no, agradeceré saber qué os ha parecido el mini-relato, qué os ha hecho sentir. Porque en parte para eso escribo: para haceros sentir cosas con mis palabras, para que durante el rato que tardéis en leerlo podáis abstraeros de todo y sumergiros en ese mundo que hay dentro de mi cabeza y que comparto con vosotros.

Espero conseguirlo 😉


I have had a certain need to narrate stories almost for as long as I can remember. For several years the chosen medium was comics, but as time went by I realized that, in order to do it right, I had to spend too much time on it (writing the script, drawing, inking, coloring, publishing…). I’m pretty sure if I had had the opportunity I’d have signed up in an art school instead of college. But life made me go another way and about a year ago I decided I wanted to try and change medium and start writing novels again.

When I was a kid I started to write a good number of novels, but I abandoned them all when I reached a point where I realized I was, more or less, plagiarizing this or that book. When I decided to start writing novels again the first thing was to sign up in a writing workshop. After three months in which I learnt some basic concepts I realized the workshop format wasn’t for me: I needed more theory. Just now I’ve finished a writing novel course in which I have learnt a lot more theory and I feel like I have all I need to write.

I guess I always had it, but now I have gained confidence. But since writing a novel is going to be a very long process and there’s a chance I’ll abandon before finishing — too much tendency to procrastinate and a certain difficulty to finish projects — , I have decided to start small. While I’m working in a short story, I’ll share posts with even shorter texts, things I can start and finish within a week. The first mini-story is already finished, now it’s just a matter of going through a beta-reading process.

And for that I need your help. If you have the time and feel like it, go to the page Beta-readers and click on the link to sign up. As soon as I finish a new mini-story I’ll send it to all the subscribers. And once you have read it and I’ve made the necessary corrections, I’ll publish the text here. It’s specially important that you warn me about mistakes in English, since it’s not my mother tongue. Or suggestions about vocabulary or any other thing I could do to improve the English version 😉

And then, when I publish every post, beta-reader or not, I’ll thank you for letting me know what you think about the mini-story, what it made you feel. Because in part that’s why I write: to make you feel things with my words, to allow you to withdraw from everything while you read it and immerse yourselves in this world inside my head that I share with you.

I hope I’ll achieve that goal 😉

El año de leer sólo mujeres

Antes de entrar al grano, si te chirría ese sólo con tilde te remito a este tuit de Arturo Pérez Reverte:

Y ahora paso a explicar de qué va esta entrada.

Siempre he sido bastante activo en twitter desde que abrió allá por el 2007. Bueno, desde que abrió no, que al principio era una sosez donde la gente entraba a decirte que se iba a comer o al baño. Absurdo e inútil. Pero luego se convirtió en una especie de foro de debate donde puedes encontrar a todo tipo de personas diciendo todo tipo de cosas. Y a parte de imbéciles integrales hay gente muy interesante a la que seguir.

Fue así como empecé a leer sobre feminismo. Lo primero, darme cuenta de que feminismo no es lo opuesto al machismo en el sentido de que lo que buscan las feministas es decantar la balanza de su lado. Lo que busca el feminismo es la igualdad entre sexos, es decir, que la balanza quede equilibrada. Y a partir de ahí me empezó a interesar muchísimo el tema. Siempre me han jodido las desigualdades y cuando lees sobre este asunto te das cuenta de lo poco visibilizado que está. Gracias a maravillosas mujeres como @Barbijaputa, @MetaMaiko o @srtagalicia se va uno dando cuenta de la cantidad de injusticias, impertinencias o incluso amenazas que tienen que soportar sólo por ser mujeres, pero también se descubren iniciativas interesantes.

Y yo que me quiero convertir en escritor me he apuntado a una iniciativa cuyo origen desconozco pero que consiste en empezar a leer sólo libros escritos por mujeres. Porque ya he leído varios artículos que me han hecho darme cuenta de que necesitamos más variedad en las historias que leemos, especialmente si queremos convertirnos en narradores. Así que ya está bien de leer solamente a autores varones, blancos, heterosexuales y cisgénero. Toca empezar a leer también lo que nos cuentan mujeres y gente de otras razas y orientaciones sexuales. Porque, como dicen, en la variedad está el gusto.

Para empezar, le voy a coger prestada a MetaMaiko su lista de Goodreads: mujeríos. Y, en cuanto tenga mi propia lista, la compartiré por alguna parte.

Cambio de narrador

El jueves pasado la profesora nos propuso un ejercicio a realizar durante la propia clase (en lugar de como ha venido siendo hasta ahora: ella proponía uno o varios ejercicios para la semana siguiente). Nos dio un texto que había extraído de un relato corto de Sam Shepard titulado “Rosa sintético”. Os copio el texto —esperando que no me dé problemas— y luego os explico en qué consistía el ejercicio.

De vez en cuando lo veo. Sentado en la cafetería. Satisfecho. Partiendo el pan. Mirando por la ventana. Removiendo su café ensimismado. No sé en qué piensa, pero no se trata de problemas graves. Su rostro está tranquilo. No tiene preocupaciones. El periódico está pulcramente doblado a su lado; plegado con precisión. Sus gafas reposan sobre el mantel. Todo es plácido a su alrededor. Lo que le rodea está en orden. Come la sopa a la manera europea, ladeando el cuenco y levantando la cuchara en lugar de inclinarse sobre él. Se seca el labio superior meticulosamente con la servilleta de lino y se limpia con delicadeza las migas que le han quedado en la barbilla. Vuelve a colocarse la servilleta sobre los muslos y al tiempo que la extiende la va alisando para que no quede ninguna arruga. Veo los destellos del anillo que lleva en el dedo meñique. Tiene una piedra azul que refleja el sol que entra por la ventana. Fuera revolotea un pájaro; él levanta la vista para seguir su vuelo y después vuelve a mirar su cuenco de sopa vacío. Desplaza el cuenco a un lado con ambas manos y con un movimiento pausado toma el vaso de agua. Bebe sin parar hasta vaciarlo. Veo cómo su nuez sube y baja mientras se traga el agua helada. Cierra los ojos, como si estuviese en éxtasis, soñando con algo muy lejano

[…]

Estuve presente cuando le abrieron la boca y le quitaron la dentadura postiza. La depositaron sobre una mesa de acero inoxidable y le sujetaron una etiqueta amarilla con un alambre. En la etiqueta había unos números escritos en negro. Los números correspondían al día y la hora de su muerte. Colocaron otra etiqueta con los mismos números en el dedo gordo de su pie derecho. Después se llevaron el cadáver. La etiqueta amarilla que colgaba del dedo del pie se movía ligeramente, como una minúscula bandera, hasta que desapareció tras las puertas batientes. Las puertas siguieron batiendo durante un rato y finalmente se detuvieron. Su dentadura seguía sobre la mesa de acero inoxidable. Las encías eran de un rosa sintético y todavía había un trocito de ensalada adherido entre dos muelas. Le di la vuelta a la etiqueta amarilla, en el otro lado había más números negros: su fecha de nacimiento.

La propuesta era coger lo dicho en el primer párrafo y, basándonos en eso, escribir un pasaje en tercera persona, usando un narrador externo omnisciente y desde el punto de vista del viejecillo. Entre las ideas que nos dio la profesora me gustó la de dar una pista acerca de la causa de la muerte. Y esto es lo que escribí:

Ya está ahí otra vez. Le he visto de vez en cuando, observándome en silencio. Yo como tranquilo, tomándome mi tiempo, acompañado por mis manías de siempre. Pliego mi periódico y lo coloco sobre la mesa en la posición, mil veces estudiada, en que menos me va a molestar. Me quito las gafas para no prestar atención a lo que podría ver. Esto me permite concentrarme en los olores y sabores de todo lo que amablemente Jack, mi camarero, me trae a la mesa. Cuando llega el momento del café recupero las gafas para poder echarle un último vistazo a ese caballero alto, moreno y de gestos delicados. Creo que nunca se ha dado cuenta de que sé que me observa. Estoy seguro de que esto se debe a que no todo el mundo le ve y es descuidado en ese aspecto. Me ha parecido que viene más a menudo desde el fatídico diagnóstico, pero también es posible que sea mi imaginación, o que el cáncer me esté dando unos días de mayor lucidez antes de quitármelo todo. Aunque sin duda prefiero la teoría que más le gustaría también a mi querida Betty: que es mi ángel y me vigila esperando el momento en que me tomará de la mano y me llevará junto a ella para no volver a separarnos nunca.

Me gustó bastante, así que trabajaré en él más adelante a ver si puedo mejorarlo un poco. ¿Qué os parece este primer borrador?

Yo, en otra vida, fui gato

Primer cuento que comparto con vosotros. Fue un ejercicio del taller al que asistí en primavera. La premisa era que teníamos que elegir un animal y escribir un cuento en el que nos describiéramos como tal, siendo al principio más animales que humanos e irle dando la vuelta hasta terminar siendo lo contrario. A ver si os gusta y, ¿qué pensáis? ¿Conseguí el objetivo?

Yo, en otra vida, fui gato. Pero no uno de esos adorables mininos que se puede encontrar en cualquier rincón de internet. No; yo fui un gato solitario y arisco. De los que, si te acercas para arrascarle la barriga, te suelta un zarpazo. O que suben por las escaleras con tal de ahorrarse las anodinas “conversaciones de ascensor”. Y no era que por naturaleza yo sintiera esa necesidad de estar solo. Lo que pasa es que hay humanos que son muy aburridos y yo siempre ando buscando esa chispa de originalidad.

Un felino rápido y ágil, imposible de arrinconar, siempre con una ruta de escape, que regatea con las palabras y esquiva las preguntas incómodas.

Recuerdo que era cariñoso, en ocasiones hasta el punto del empalago. Aunque rara vez con quien más lo merecía. Ahora que lo pienso, quizá debiera haber sido más justo en este apartado.

Y sigiloso, por supuesto. Cómo me gusta acercarme a alguien, en completo silencio, colocarme de forma que no me vea y esperar, aguantando la respiración, ese movimiento hacia lo que debería ser aire y que en cambio está ocupado por un gigantón de ojos azules que por poco no te mata del susto.

Combustión espontánea

Inauguro esta sección con un relato corto. Lo de la contraseña es por no hacerlo público del todo, ya que puede que envíe el texto a un concurso. Por cierto, he deshabilitado los comentarios para que no os influyáis entre vosotros 😛 Sin más dilación, te dejo con la historia, espero que te guste:

Actualización: habilito los comentarios y hago la entrada pública. Hace meses que no gané este concurso, ya iba siendo hora 😛

Combustión espontánea

El detective se presentó en la escena del crimen, un modesto apartamento en una concurrida calle de Nueva York, con una idea ya preconcebida de lo que había ocurrido en el salón de la vivienda. “Increíble, Twitch, una combustión espontánea” le había dicho su compañero, Sam, por teléfono, al informarle de lo sucedido. Subió hasta la octava planta del bloque de apartamentos y se encontró con un par de policías de uniforme a los que saludó con un gesto de la cabeza. Sam estaba dentro, excitado como un niño en la víspera de Navidad.

–¡Twitch! ¡Por fin! ¡Fíjate! –gritó su compañero desde el otro lado de la estancia, al tiempo que hacía enormes aspavientos. –Mira ese montoncito de ceniza, ¡es increíble! ¡Como en aquella serie de los noventa! ¿Cómo se llamaba…?

–“Expediente X” –contestó Twitch, sin hacer mucho caso a su compañero. Observaba la escena con detenimiento, intentando no perder detalle alguno. Pero todavía no sabía qué se suponía que estaban investigando. Sólo tenía una cosa clara: no era una combustión espontánea. –¿Qué tenemos aquí? –añadió, dirigiéndose a la forense.

–A pesar de que pueda parecer una locura, su compañero podría tener razón –indicó–. Estos residuos de la moqueta parecen ser restos humanos, aunque no podré estar segura hasta que no lo corrobore el laboratorio.

–Está usted insinuando –empezó Twitch, con cierto tono de sorna–, que de verdad cree que una persona pueda haber ardido espontáneamente… por completo… sin llama…

–¿Sin llama?

–Claro. Si hubiera habido algún tipo de fuego, ¿no cree que habría ardido también la moqueta? Por no hablar del escritorio, la silla, la media docena de cajas…

Mientras la forense se giraba y observaba la ausencia de elementos quemados con el ceño fruncido, el detective se paseó por la habitación. Todo parecía indicar que allí residía una pareja joven, recién mudada.

–Sam, todavía no me has informado de la situación.

–Cierto, perdona. Pero es que… ¡Una combustión espontánea!

–Sam…

–Está bien, está bien –rezongó Sam mientras sacaba su pequeño cuaderno con anotaciones–. El apartamento está alquilado por Joey, treinta y dos, y Anna, treinta y cuatro; fue él quien llamó a emergencias, está abajo con los de la ambulancia, en estado de shock. Según dice, se metió a la ducha mientras ella estaba en el escritorio trabajando con el ordenador. Cuando salió, vio el montón de ceniza en el suelo y se asustó. Buscó a Anna por todas partes, pero no la pudo encontrar. Entonces, nos llamó.

–¿Habéis hablado con los vecinos? ¿Nadie les escuchó discutir o pelear?

–Nadie ha oído nada raro, no.

–Tendré que hablar con Joey.

Twitch bajó por las escaleras, aprovechando para despejar su mente. «“Combustión espontánea”. Será imbécil.»
Salió del edificio y encontró a Joey, vestido únicamente con una toalla, sentado en la ambulancia, llorando en silencio la muerte de Anna.

–Buenos días, Joey. Me llamo Twitch, soy el detective encargado de investigar el suceso. ¿Podrías explicarme lo que ha pasado?

El relato de Joey era exactamente igual que lo que le había dicho Sam. Estaba a punto de hacerle otra pregunta cuando vio la cara de asombro que ponía el joven.

–¿Anna? –preguntó, como si estuviera viendo un fantasma.

–¿Qué ha pasado, cariño?

–Eso nos gustaría saber, señorita –comentó Twitch, al ver que un estupefacto Joey era incapaz de articular palabra.

–¿A qué se refiere? ¿Qué hace aquí la policía?

–Verá, al parecer cuando su marido salió de la ducha, vio un montón de ceniza donde debería estar usted y se asustó al pensar que, ejem, se pudiera usted haber… consumido misteriosamente.

–¿”Combustión espontánea”, Joey ? –por su tono, parecía que ya habían discutido sobre el tema –. ¿Cuántas veces tendré que decirte que esas cosas sólo existen en la ficción? Es mucho más sencillo –continuó, hablándole de nuevo al detective–, verá esta urna contiene las cenizas de mi tía, recientemente fallecida…

–Oh, mierda… –murmuró un avergonzado Joey.

–Como iba diciendo, tenía la urna en el escritorio y le di un golpe sin querer. Se cayó al suelo, se abrió y se derramó un poco del contenido. Y, como nos acabamos de mudar, me di cuenta de que no tenía con qué recogerlo y vengo de la tienda –concluyó, mostrando la escoba y el recogedor que llevaba en la otra mano.

El detective le dio las gracias a la joven y se alejó en dirección a su coche preguntándose cómo se apañaban algunas personas para sobrevivir día tras día…