Soy Multipotencial

Llevo años sintiendo una angustia existencial. A mis 36 años pensaba que había pasado por la crisis de finales de los veinte y que ahora estaba acercándome a la crisis de los cuarenta. Miraba a mi alrededor y encontraba con facilidad por todas partes casos de gente triunfando, en mayor o menor medida, en sus respectivos campos. Habían encontrado eso que se les da especialmente bien, lo que les hace brillar y les diferencia de otros. Se les reconoce (o reconocerá) como eruditos en lo suyo, tienen seguidores, fans y gente que les usa como ejemplo.

Pero yo no encontraba mi «destino». Recuerdo que de pequeño se me daba bien dibujar. Empecé calcando cómics e ilustraciones de revistas. Más tarde, aprendí a copiar los personajes de Dragon Ball Z y, cuando se me dio lo suficientemente bien, dibujé cómics con mis propios argumentos utilizando aquellos personajes. El paso final en este aprendizaje llegó cuando comencé a diseñar mis propios personajes.

Un día mi madre me enseñó a escribir a máquina (ella sabía mecanografía y taquigrafía, podríamos decir que tenía estudios de secretaria) y aquello me encantó. Me puse a practicar como un loco con la máquina de escribir y, claro, con algo había que hacerlo. Primero fue copiar textos, pero eso me aburrió en seguida. Ya con un ordenador me arranqué a escribir mis primeras novelas (aún tengo por ahí guardados esos borradores inacabados). No terminaba nunca los primeros borradores porque siempre llegaba un punto en que me daba cuenta de que estaba copiando algún otro libro y me cansé.

Tras darme cuenta de que no tenía futuro en la literatura volví al dibujo y me volqué con aquello. Me tiré años practicando, leyendo cómics, aprendiendo de mis dibujantes favoritos, comprando y leyendo libros de teoría sobre toda una plétora de temas: narrativa, composición, diseño de personajes, perspectiva, anatomía. Surgen docenas de proyectos, argumentos, personajes, toda clase de ideas locas. No obstante, aunque iba mejorando, comparaba mi trabajo (error fatal) con el de los cómics que leía (profesionales o no) y veía que no tenía suficiente calidad.

Durante uno de los últimos años de instituto nos llevaron de excursión a un evento que se llamaba «Aula» (desconozco si se sigue haciendo). A lo largo de varios pabellones del Ifema podíamos encontrar distintos puestos con información de todo tipo de opciones que había al terminar el instituto, la educación obligatoria. Se acercaba el momento de elegir, de responder a esa eterna pregunta: ¿Qué quieres ser de mayor? Yo no tenía respuesta. Sabía a ciencia cierta que no quería entrar en el ejército (ni siquiera hice la mili, el primer año por estudios y luego tenía claro que iba a pedir objeción de conciencia, pero entonces se terminó la mili obligatoria) o la policía, pero a parte de eso no tenía ni idea de qué quería estudiar, mucho menos a qué me quería dedicar. Mi mejor amigo, al igual que otros tantos compañeros de mi clase, iba a estudiar Telemática, así que esa terminó siendo mi opción, a pesar de que no terminaba de tener claro de qué iba. Pero a mí lo que más me llamó la atención de todo aquel evento sobre nuestro futuro fue una escuela privada de dibujo: ESDIP. Me flipó lo que vi allí y lo que ofrecía. Me hice con uno de sus catálogos y les pedí información. Cuando vi que el curso que yo quería hacer, Ilustración y Cómic, era una diplomatura privada de tres años de duración y un coste total de 800.000 pesetas volví a poner los pies en la tierra *.

Empecé la universidad y seguía dibujando cómics y aprendiendo narrativa e ilustración. Pero seguía sin ser suficientemente bueno, no me merecía hacer aquello de forma profesional, vivir de mi sueño. Después de dos años de Telemática me echaron por no haber aprobado suficientes asignaturas. Me di cuenta de que solo me había gustado la parte de programación de la carrera. Mis padres se negaron a seguir pagándome la universidad **, por lo que me busqué un trabajo y ahorré durante un año para poder pagarme la matrícula. Entré en Informática y compaginé el trabajo los fines de semana con los estudios. Me gustó más, se me dio bastante mejor, pero no terminaba de ser lo mío. Durante el segundo año empecé a echar cuentas del tiempo que iba a tardar en terminar la carrera y me asusté pensando que cuando saliera de la universidad no me iba a querer contratar nadie como programador junior y no encontraría trabajo. De modo que preparé un currículum vitae y lo fui enviando a empresas. Hasta que una me contrató, a pesar de no tener ninguna titulación universitaria ni experiencia. Les valió con que conocía Java de haberlo usado en las prácticas.

Así que la programación se convirtió en mi nueva pasión, desplazando al dibujo. Seguía dibujando de vez en cuando, pero mis esfuerzos ahora los dedicaba a formarme de manera autodidacta sobre los últimos lenguajes o patrones de diseño de software. Pronto quise poder aplicar de manera práctica mis conocimientos, pero tenía un trabajo aburrido y monótono. Así que aprendí PHP porque podía conseguir servidores gratuitos a los que subir las páginas que iba creando. Creo que fue también durante esta época cuando conocí los blogs y me volví un adicto. No he mantenido un mismo blog desde entonces, he ido cambiando de plataforma, de temática y de nombre. Esta andadura dio comienzo en una plataforma que se llamaba Blogia. Luego descubrí Blogger y me cambié. En esta época todavía tenía blogs muy personales donde hablaba de todo un poco. Y finalmente apareció WordPress y no lo he abandonado desde entonces. Me cogí este dominio y ese sí que no lo he soltado desde hace años. Aunque ha cambiado mucho la temática.

Sin embargo, el mundo empresarial español mataba mi pasión. Hasta hace poco, era un mundo plagado de dinosaurios que solo buscaban dinero fácil y rápido y no se preocupaban ni por la calidad de los productos ni de abogar por tecnologías modernas que permitieran trabajar de mejor manera. En los momentos en que se me quitaban las ganas de programar, retomaba el dibujo con fuerza. Empecé a seguir a dibujantes españoles en redes sociales, a leer sus blogs, a comprar sus cómics, a ir a sus firmas de cómics. Me hice socio de la AACE (Asociación de Autores de Cómic de España) porque me convencí de que seguía siendo mi sueño y ahí tendría asesoramiento para conseguirlo. Me obsesioné particularmente con un dibujante llamado Kenny Ruíz. Me flipa su estilo de dibujo y empecé a coleccionar todo lo que sacaba. Intenté comprar también todas sus obras anteriores y me hice con casi todo (había cosas imposibles de conseguir). Empezamos a hablar por facebook, a respondernos en los comentarios de su blog y llegó un momento en que me reconoció durante una firma de cómics. La felicidad que sentí en aquel momento es algo difícil de explicar con palabras. Me ha firmado casi todos sus cómics, me ha dado clase en una ocasión y ya me reconoce siempre que me ve. Empezó a interesarse por mí y me preguntaba, mientras me firmaba con un dibujo dedicado, si seguía haciendo cómics. Y mi respuesta era siempre algo del estilo de «sí, bueno, dibujo de vez en cuando, pero me cuesta sacar tiempo». El Síndrome del impostor era lo que me estaba impidiendo convertirme en alguien como él. Comparaba mis dibujos con los suyos, la facilidad con la que él hacía bocetos cuya calidad me parecía inalcanzable, y me veía incapaz de llegar ahí. No podía creerme que ninguna cantidad de horas de práctica fueran a conseguir el milagro. Y entonces dijo algo que cambió mi vida (parafraseando): «Tío, siempre estás igual, te mola esto pero no sacas tiempo. ¿Y si escribes y consigues que otro te haga los dibujos?».

Él se refería a que escribiera guiones, y me lo planteé. Pero no tenía amigos dibujantes, no conocía a nadie más con aquellas inquietudes. Y era demasiado tímido (lo sigo siendo) como para buscar a nadie, en persona u online. Así que le di una vuelta de tuerca y pensé en retomar aquella afición que tuve de pequeño: escribir novelas. Se convirtió en mi nueva pasión, hará ya unos cuatro años. Busqué aplicaciones para ayudarme a escribir, a manejar las piezas de las que se compone una novela. Busqué talleres y cursos, busqué escritores, blogs, podcasts, canales de youtube. Si habéis leído la página sobre mí del blog ya sabéis un poco cómo fue: tres meses de taller, cuatro años de cursos y aquí estoy, intentando escribir mi primera novela.

Aunque no desde hace meses. Estoy convencido de que estoy deprimido, pero me veo incapaz de acudir al médico a pedir ayuda. Varias decepciones profesionales seguidas y algún palo en lo personal me terminaron de hundir y no he podido escribir apenas nada últimamente. Sin embargo, mi última aventura profesional está saliendo bastante bien y eso me ha subido el ánimo. Estoy volviendo a programar como un loco y a trabajar en la novela. No paro de darle vueltas porque estoy seguro de que el argumento y la trama no funcionan, tengo que arreglarlos y entonces volveré a ponerme con ese primer borrador que el síndrome del impostor me ha estado impidiendo escribir.

Pero lo que de verdad me ha cambiado la vida ha sido este descubrimiento que ha hecho mi amorsito:

Desiree Delgado nos explica lo que son las personas Multipotenciales

Quizá hayáis notado un patrón a lo largo de lo que contaba en esta entrada: curiosidad – pasión – aburrimiento. Resulta que es algo que caracteriza a las personas Multifuncionales. Somos personas curiosas por naturaleza, muchas cosas nos llaman la atención. Nos encanta aprender cosas nuevas, así que cuando nos encontramos con algo nuevo que nos interesa solemos obsesionarnos con aprender más sobre ello. Y luego llega un punto en que sabemos un montón sobre ese tema, al menos a nivel teórico. Sabemos cómo se hace. Y, por lo general, ahí nos aburrimos y lo abandonamos y nos ponemos con otra cosa. Es la puta historia de mi vida.

Llevo toda la vida saltando de un proyecto a otro. Tengo docenas de proyectos llenos de notas. Cómics, novelas, relatos cortos, ilustraciones, aplicaciones, videojuegos. De todo. Porque sí, también me dio por aprender a hacer videojuegos. Fue otra pasión pasajera: busqué motores, tanto en javascript (que es un lenguaje que conozco bien y me permitiría hacer videojuegos directamente para la web) como otros más serios como Unity, y tengo varios proyectos empezados. Y llevo toda la vida también intentando centrarme, sintiéndome culpable por ser incapaz de terminar proyectos y estar constantemente cambiando de uno a otro. Por no saber decidirme entre el dibujo, la escritura o los videojuegos como forma de expresión. Y ahora me entero de que «no es culpa mía», es que el mundo me ha hecho así.

Todo esto de los multipotenciales empezó, al parecer, con esta charla:

Emilie Wapnick nos descubre que no estamos solos

Tras ver estos dos vídeos en los que no he dejado de asentir con la cabeza, he visto este otro que ya ha sido el definitivo:

Nekodificador da otras claves sobre los Multipotenciales

Gracias a Nekodificador he terminado de verlo claro. Los Multipotenciales tenemos diversas inquietudes y puede parecer que simplemente somos incapaces de elegir, pero hay un elemento común subyacente que es lo que nos atrae. Y es lo que tenemos que encontrar, ese nexo. Porque nuestra verdadera pasión está ahí, escondida. Y en mi caso, mientras veía este vídeo, he llegado a la conclusión de que la mía es la comunicación. Más concretamente la narrativa, contar historias. Todo lo que me ha apasionado en los últimos treinta años ha ido orientado a ello: ilustración, cómic, escritura, fotografía, música, programación, creación de videojuegos.

Este concepto me va a cambiar la vida. Dice Emilie que los Multipotenciales tenemos tres «superpoderes»:

  • Síntesis de ideas: los Multipotenciales tenemos la capacidad de fusionar sensaciones o campos (de trabajo) y sacar algo nuevo.
  • Aprendizaje rápido: nos gusta aprender y, debido a que cuando llegamos a un nuevo tema no empezamos de cero porque siempre hay conocimientos transversales, aprendemos a gran velocidad.
  • Adaptabilidad: tenemos la habilidad de convertirnos en lo que necesitemos ser en una situación determinada.

Según iba contando historias Emilie yo iba encontrando ejemplos en mi memoria. Ejemplos de cómo la forma de pensar necesaria para programar me ha ayudado en otros campos como la escritura. Cómo he encontrado cosas en común entre dibujar cómics, escribir novelas y crear videojuegos. He entendido por qué tengo tan buen nivel de inglés y por qué me ha costado tan poco aprenderlo. Por qué me cuesta tan poco aprender un lenguaje de programación nuevo o incluso un paradigma totalmente diferente, como mi salto del back-end al front. O esa adaptación en cada trabajo nuevo, a equipos totalmente distintos, tareas nuevas o incluso ramas distintas de la profesión. Es fascinante.

Pero, sobre todo, ahora me comprendo mejor a mí mismo. Ahora sé que no estoy roto y que no tengo que seguir sufriendo ansiedad por no encontrar mi «destino» en esta vida, esa cosa que se me va a dar mejor que al resto. Porque eso ya lo encontré hace tiempo y llevo años practicándolo. Y lo mejor es que ahora tengo un objetivo, he descubierto mi verdadera pasión y puedo enfocar mis esfuerzos ahí. Ahora miro al horizonte y sé qué me acerco a cosas muy chulas.

Gracias Desiree. Gracias Emilie. Gracias Nekodificador.